domingo, 12 de abril de 2020
Atenea o la Sabiduría millennial
Atenea o la sabiduría millennial
Redacción Avances
05/04/2020 1:54 pm
http://www.laarena.com.ar/caldenia-atenea-o-la-sabiduria-millennial-2106208-5.html
Atenea representa la prudente inteligencia. Hoy la cultura de las redes sociales y su sistema de difusión universal generan el imperativo de educar en habilidades y no en contenidos. Qué hagamos con ellas, definirá si somos o no sabios.
Gisela Colombo*
¿Qué es la Sabiduría?, se pregunta la humanidad desde tiempos arcaicos. El mundo adhirió varios siglos a una concepción enciclopedista del asunto: “Conjunto de conocimientos amplios y profundos que se adquieren mediante el estudio o la experiencia”. Sin embargo, y porque la tradición insiste en no olvidar la visión mítica de la cultura antigua, aparece en nuestros diccionarios una acepción alternativa, según la cual la Sabiduría es “la Facultad de las personas para actuar con sensatez, prudencia o acierto”.
Esta segunda definición ya fue esbozada en los mitos antiguos mediante el proceso interior que hacen Zeus y Metis, cuya consecuencia es el nacimiento de su hija, Atenea.
La génesis de esta diosa nos remonta a la historia antigua de sus padres. Metis había sido la primera esposa de Zeus. Era, entre las titánides, la imagen de la Prudencia. Pero también, como conviene a quienes son criteriosos y todo lo piensan por anticiparse, ella se inclinaba a prever y manipular situaciones futuras.
Zeus, por su parte, fue preservado durante años de todo contacto hasta llegar a la edad en que la fuerza y astucia pudieran vencer a su padre. En su evolución hacia la autonomía ganada en la batalla mayor, la que tiene con Cronos, es posible observar el desarrollo de virtudes diversas necesarias alternativamente.
Al nacer Zeus, Cronos creía que esa piedra envuelta en pañales que le dio su esposa Rea, era el menor de sus hijos. Ya había fagocitado a los anteriores. Pero esta vez se tragó una piedra, y lo hizo sin dilación y sin gula. Se proponía evitar que se cumpliera el oráculo: uno de sus hijos lo destronaría.
Por un tiempo, el niño supérstite de la antropofagia paterna y escondido en una cueva, profesó la espera paciente (en ocasiones la única opción saludable), se mantuvo lejos de la acción y usó ese tiempo muerto en alimentar la confianza en sí mismo y en la dignidad que tenía por herencia. Pero llegó un momento en que debió usar toda su astucia para enfrentar a su padre. Entonces, fue Metis quien le consiguió una pócima que él dio a beber a Cronos. Lo hizo con el secreto plan de que vomitara a sus hermanos mayores. Si en algo respetaba Zeus a Metis era en su sagacidad increíble para inventar ardides.
No obstante, es sabido que una vez que se hubo declarado la guerra, ya no es tiempo para trampas y espionaje. Cuando Cronos le vio el rostro al hijo que le arrebataría la corona, se hizo urgente el combate. Metis no se resignó a ser desplazada del mando por lo que Zeus debió pensar también para ella una salida. En consecuencia, le puso remedio a la posible intromisión de su esposa. En el mismo acto en que hizo propia la Prudencia, como se transforma en uno el pedazo de pan al comerlo, internalizó su virtud, la hizo carne propia de un modo literal: se la comió. Con el cuerpo de Metis no viajaba sólo la virtud. Atenea ya había sido gestada y crecía en el vientre de su madre.
Al eludir la voz de Metis repitiéndole los mensajes razonables, Zeus comienza a ejercer la Prudencia en sus juicios.
Cuando esa actitud dialéctica del pensamiento comenzó a obstaculizar la acción impulsiva del guerrero, las tensiones provocaron en Zeus un intenso dolor de cabeza, que luego, cada vez que volviera a sentirlo interpretaría como un anuncio de los problemas provocados por Atenea. Pero entonces, desesperado por no encontrar la cura, le pidió a Hefesto que lo aliviara, asestándole un hachazo en la frente. Como si de un golpe pudiera silenciar esa conciencia prudente que le detenía el brazo sanguinario y lo animaba a pensar dos veces las acciones.
De la herida abierta en su frente, Hefesto vio salir, inesperadamente, una mujer adulta: Atenea.
Esa hija nacida extraordinariamente se torna una imagen de los logros de Zeus en el proceso interior. Es, desde el punto de vista simbólico, la Inteligencia animada por virtudes emocionales y espirituales como son la Prudencia, la Paciencia, el sentido de la oportunidad y la valentía. Desde la apertura de la herida, Atenea representa la prudente inteligencia que no por más prudente es menos valerosa.
Ella es el producto de las experiencias nutricias de Zeus y las virtudes que fueron generando, por eso emerge de su cabeza después de crecer allí dentro.
Hoy el mundo de las comunicaciones instantáneas reflota este concepto antiguo de la Sabiduría. La cultura de las redes sociales y su sistema de difusión universal generan el imperativo de educar en habilidades y no en contenidos. Toda información está disponible on line. El desafío de nuestros jóvenes es, por tanto, conquistar las habilidades para vincular y diferenciar, dilucidar y concluir, reflexionar y aplicar a la realidad, el caudal abrumador de información disponible.
Qué logremos hacer con ella es lo que definirá si somos o no verdaderamente sabios.
Y la Sabiduría será asequible a quienes puedan esperar pacientemente los tiempos de la vida; internalizar las virtudes de otros; reconocer el momento perfecto para actuar y acometer la acción firme, porque la animará la potencia invencible de una verdad interior.
*Escritora
domingo, 22 de marzo de 2020
Prometeo y su eterna fe en el hombre
Eterna fe en el hombre
Prometeo era un titán a quien se le había encomendado la creación del hombre y su permanente apología. Pensando en su bien dejó que Epimeteo, su hermano, inventara a los animales pero él perfeccionó la creación dando al hombre elementos distintivos del resto de las criaturas. Le concedió que, primeramente pudiera andar erguido. Le otorgó la capacidad de trabajar, de asociarse para las tareas y de edificar. Le enseñó a criar a los animales y a recoger con su ayuda los frutos de la tierra.
Si el propósito de Prometeo era defender al hombre, no lo hacía para nada mal. Siempre permanecía atento a sus necesidades. Pero el mejor obsequio que le hizo fue un secreto. Le otorgó la fórmula para hacer fuego. Las “semillas de la sabiduría”.
En rigor el mito registra los hechos fundamentales de la prehistoria. La adquisición del fuego es, para la humanidad uno de los saltos más importantes de la evolución porque a partir de entonces los humanos pudieron consumir proteínas mediante la cocción de carnes. Eso agrandó considerablemente sus cerebros y convirtió al hombre en una criatura capaz de pensar, de conceptuar, de recordar, de abstraer, de juzgar, etc.
Por ello, cuando Prometeo notó que los hombres estaban preparados para dar un paso más, se ocupó de extraerles el fuego a los dioses para entregárselo a los hombres en forma de “semillas”. Semillas de sabiduría
Los dioses, especialmente Zeus, tomaron muy mal el hurto porque eso significaba que las criaturas pronto conseguirían lo mismo que ellos gozaban. Eso implicaba que se tornarían dioses algún día. La furia de Zeus pensó un castigo para Prometeo.
Mandó a su hijo Hefesto que hiciera una criatura femenina en arcilla, bella y virtuosa como ninguna. Pandora fue su nombre cuando le dio vida. La dotó con un solo defecto, una excesiva curiosidad. Luego le dio un ánfora y le pidió que por nada del mundo la abriera. Cuando Epimeteo y Prometeo se ausentaron, ella abrió el recipiente y todos los males y las enfermedades salieron alegremente y se instalaron en el mundo.
Pero el asunto no quedó allí porque Prometeo urdió una trampa para engañar y vengarse de Zeus. Le ofreció regalarle la mitad de un buey asado que él escogiera. Zeus no notó que el titán había dispuesto la grasa y los huesos bajo la piel de una parte que parecía más voluminosa y cuando la eligió dejó, sin intención, lo más valioso del buey para Prometeo. El dios olímpico se indignó mucho más y juró que el titán, como castigo a su deshonestidad y su defensa exacerbada de la raza humana, permanecería para siempre atado a una piedra.
Así se lo dispuso con los brazos en cruz incansables días en cuyas vigilias recibía a un águila que le comía el hígado. Por las noches el órgano se reconstituía y lo ofrecía nuevamente a su predador, la mañana siguiente. Una y otra vez y para siempre.
Pero quiso la suerte que Hércules, un hijo dilecto de Zeus, tuviera como desafío liberar a Prometeo. Zeus se sintió perdido: si lo permitía incumpliría su dictamen eterno que nadie podía doblegar. Pero si no lo permitía su hijo querido no lograría acreditar el éxito en sus doce trabajos. La astucia del rey de los dioses halló la respuesta. Le permitió a Heracles que desatara al titán pero le construyó un anillo con la piedra a la que debía estar atado para siempre. Lo único que debía observar era que el anillo estuviera invariablemente en su dedo.
No obstante su liberación, la imagen más rica de Prometeo lo ubica en forma de cruz y ofreciendo su hígado. Hay quienes vieron en él y en esa escena una similitud o una prefiguración de lo que luego ocurriría con Cristo. Propiciador de los hombres, atravesado por los clavos y puesto en cruz como castigo por llevarles una sabiduría liberadora, registra varios puntos en común.
Como muchos otros crucificados, el Cristo también debió haber temido literalmente a los cuervos. Pero en sentido metafórico no ofreció su hígado (que representa el enojo) ni sus ojos. Entregó a la maldad del mundo su corazón para que fuera atravesado una y otra vez cada vez que su sacrificio se vuelve inútil en la cíclica ignominia humana. Pero luego perdona, reconstruye su órgano y vuelve a ofrecerlo una y otra vez hasta el fin de los tiempos.
No es posible dilucidar si las coincidencias entre Prometeo y el Salvador del cristianismo esconden un fondo común, pero tampoco es evitable la tremenda capacidad que da el pensamiento metafórico para soslayar los detalles y hallar matrices simbólicas universales e infinitamente repetidas. Quizá Jung tenga razón y esos arquetipos vivan en el hombre a una profundidad mayor que las cargas de cultura de un pueblo, una nación o de un dogma.
domingo, 15 de marzo de 2020
Artículo Quirón
Quirón era una criatura mítica que los griegos relacionaban con las dotes sanadoras. Se trataba de un centauro. Una serie de relatos se propone explicarnos su naturaleza. Que Cronos deseó a su madre y para tenerla se convirtió en un caballo y la poseyó. La mujer dio a luz a un niño que poseía de la cintura para arriba una fisonomía humana y cuyas extremidades inferiores eran las de un equino.
Los centauros, en general, representaban el impulso, el hábito de reaccionar antes de pensar, de actuar desde lo visceral. Por ello no detentaban buenos modales. Podían alcanzar cierta cultura pero en muchas ocasiones, especialmente regadas por el vino, escogían la violencia, el abuso y la furia contra otros.
Quirón era una figura ejemplar para ellos porque sabía eludir la tentación de los excesos. Estaba formado como sujeto culto y tenía un don especial para curar.
Su amistad con Peleo lo llevó a auxiliar al hombre en la conquista de quien sería, por poco tiempo, su mujer, la diosa marina Tetis. De Peleo y Tetis nació el más célebre héroe aqueo, Aquiles.
El niño era un mortal pero su madre estaba decidida a convertirlo en inmortal. En algunas versiones se cuenta que Peleo se enfurece y la abandona cuando ve cómo va quemándole a Aquiles cada parte del cuerpo y untando lo quemado con ambrosía con el propósito de inmunizarlo frente a los peligros del mundo. El procedimiento le resulta tan cruel al padre que lo interrumpe sin dejar que Tetis unte el talón con el néctar de los dioses. Ése es el motivo por el cual el héroe tiene su debilidad en ese sitio, según el relato. (Otras versiones plantean que la inmortalidad para su hijo la intenta Tetis no con el fuego sino con su propio elemento, el agua del río Estigio.) La consecuencia de la aplicación de ese método ígneo es que Peleo rescata a su retoño y se lo entrega a Quirón para su crianza. Ya Peleo había sido educado por Quirón después de que Acasto lo guió hasta un bosque, lo despojó de su espada mágica y lo entregó a los centauros. El maestro intervino y a partir de entonces fue su protector.
Muchos otros fueron sus discípulos. Además de Aquiles, Asclepio, cuyo don será también sanar; Jasón, célebre por el rescate del vellocino de oro y la travesía imposible que cumple; Aristeo, quien provocaría la muerte de Eurídice y Acteón, su hijo. Algunos autores extienden el listado de alumnos. Lo cierto es que Quirón educa a grandes héroes y la nobleza de su sabiduría forma también a quienes seguirán su vocación de sanador.
No obstante, a pesar de sus habilidades y saberes un episodio abriría en Quirón la herida que lo haría uno de los dioses más sufrientes. El héroe Hércules lo hiere accidentalmente con una saeta embebida en sangre de la Hidra, fluido de constitución muy contraria a la vida humana, un veneno temible. Su mal no puede ser vencido por remedio alguno. Así es cómo el pedagogo olímpico adquiere el conocimiento de una de las claves vitales de la humanidad.
Por medio de ese dolor insalvable puede comprender profundamente el sufrimiento del prójimo. Gracias a la herida abierta y perenne desarrolla la empatía que lo hace un gran sanador. Sanador de cuerpos pero también de almas.
Sin embargo, aun comprendiendo las oscuras verdades que su situación manifiesta, Quirón llega al punto de agotamiento por su dolencia y le dona la inmortalidad a Prometeo, quien se sacrifica voluntariamente por defender a los hombres.
Pero la mayor enseñanza del primero de los centauros está ligada a una clave para comprender el destino y la naturaleza de todo lo creado.
Quirón puede sanar a todos excepto a sí mismo. En esta paradoja encierra la mitología griega una verdad medular. El hombre no ha sido hecho para vivir en soledad. Los dolores de uno están destinados a curarse mediante el amor y la sabiduría de otros.
Y aunque en el texto bíblico no se cuente con esta intención (y no deseemos una polémica doctrinal), también es posible, en el comentario de sus detractores al pie de la cruz, deducir la misma verdad. “Médico, cúrate a ti mismo.”
El Salvador no escucha la sugerencia porque está viciada de ignorancia. Nadie lo sabe más que Cristo. La única curación posible para las criaturas es la que representa Quirón. La misma que se encuentra en la más alta medicina: el Amor a los demás.
Artículo “La teoría del todo”
Si un cruce de los libros y el cine conmueve profundamente es la película dirigida por James Marsh, cuyo guionista y promotor del proyecto fue Anthony MacCarten. El guionista se sintió atraído por la figura del científico desde que leyó Historia del Tiempo, en la década del ’80. Pero si en el film le dedican especial atención a ese libro que fue la consagración de Hawking porque lo llevó a una popularidad impensada para un científico, sólo experimentada antes por Einstein, no es el libro en que se basó la producción.
MacCarten conoció años más tarde el texto escrito por Jane Hawking, primera esposa del cosmólogo cuyo título es, en inglés, Travelling to Infinity: My Life with Stephen. Se trata de un relato autobiográfico de los treinta años en que estuvieron casados. Ella, graduada en poesía medieval española, tuvo las herramientas necesarias para convertir la vida real, atravesada por una enfermedad degenerativa que fue quitándole al científico hasta la más mínima movilidad, en un texto literario de tono cálido y nostálgico, que contagia en el espectador las interrogantes filosóficas que el trabajo de Hawking trasunta.
La autora despertó en McCarten el deseo de filmar las experiencias que narra su libro y la convenció de que le permitiera hacerlo. James Marsh fue el encargado de producir la atmósfera nostálgica que domina el film. Como si la degradación en la salud de Stephen, que domina, despertara el ineludible deseo de comprender la vida. Una vida que da y quita de un modo brutal. La comprensión profunda de verdades cosmológicas de las que ningún hombre fue capaz fuera de Hawking crece, al tiempo que su salud se deteriora. La búsqueda de una cifra que lo explique todo, incluso esta paradoja, es una invitación sutil a preguntárselo también.
¿Acaso será como afirma el mito de Prometeo o la misma experiencia de Adán y Eva una indagación y el don de una inteligencia semejante requieren una compensación? Adán y Eva debieron salir del Paraíso por haber comido del árbol de la Sabiduría. Prometeo quedó atado de por vida a una piedra por difundir saberes que resultan inmanejables para los hombres. ¿Será la enfermedad de Hawking un pago por la capacidad extraordinaria que le permitió ir más allá de los límites científicos de su tiempo? ¿O, en cambio, ha sido una defensa de la naturaleza parecida al mito de Quirón, que era capaz de dar respuestas y sanar a otros, pero su propia herida sangraba y jamás podría curarla con sus manos? Para el centauro ese hecho se había convertido en la raíz de su humildad. ¿O, quizá haya sido el azar irónico que, como a Borges, le dio los libros y la noche, la extraordinaria capacidad de leer y la ceguera?
Sublime es la actuación del actor, cantante y modelo inglés, Eddie Redmayne. Así lo entendieron también la Academia que concede el Premio Óscar, el jurado de los Globos de Oro, el Premio del Sindicato de Actores, el BAFTA y el Certamen Tony de teatro.
El film es una experiencia emocionante, que despierta la inquietud filosófica, sobrevuela los asuntos que interesaron al científico, emociona, interpela, y consuela también. La voz robótica que reproduce lo que Hawking dirige a un público en los últimos minutos, despeja definitivamente la ecuación:
“Es claro que sólo somos una rama avanzada de los primates en un planeta menor, que orbita alrededor de una estrella común en la periferia de una galaxia entre otras cien mil millones de galaxias. Pero desde el principio de la civilización, las personas han deseado entender el orden subyacente del mundo. Debe haber algo muy especial sobre la naturaleza de los límites del universo. Y lo que puede ser más especial que eso es que no haya límites. Y no debería haber límites para el empeño humano. Todos somos diferentes pero debemos pensar que, sin importar qué tan mala sea la vida, siempre hay algo en lo que podemos tener éxito. Mientras haya vida, hay esperanza.”
Quizá, a la larga, esté Quirón detrás del todo.
Cuando el medio destruye el fin
El carnero alado Crisómalo, que había llevado a Frixo y a su hermana Hele hacia La Cólquide era una criatura valiosa. Le pertenecía a Zeus y en virtud de que luego fue ofrecido en sacrificio propiciatorio, murió pero no abandonó su valor sacro. Se extrajo y se conservó la piel curiosa, que lo convirtió desde entonces en el célebre “vellocino de oro”, codiciado como amuleto y símbolo de las mejores capacidades humanas. La nobleza de nacimiento que habría de buscar en él Jasón, sumaba la acepción que haría a su poseedor capaz de conocer por medio de la intuición y el pensamiento creativo. Lo cual es, en última instancia, el elemento distintivo de la humanidad.
Cuando Frixo montó al carnero que luego sería el vellocino estaba abrumado por esa sensación de hastío e inquietud que precede las creaciones más ingeniosas. Amén de los peligros a los que los sometía Ino, (nueva esposa de su padre) a su hermana Hele y a él, esa insatisfacción creativa es la que los llevó a montar a Crisómalo y ser transportados por el aire ingrávido. Pero ella cometió la osadía de mirar hacia abajo, se mareó y cayó en el Océano. Su final trágico dio nombre al Helesponto. El camino de Frixo continuó y arribó a destino. Luego del sacrificio del carnero, el rey Eetes mandó al vellocino (su pellejo) a descansar en las ramas de un árbol custodiado por un dragón invencible, que jamás dormía.
Jasón, cuya fama siempre aparece ligada a la fórmula “los argonautas”, sería quien emprendiera una travesía difícil para conseguir aquella bendición. No era para sí en términos literales sino por cumplir un requisito impuesto por su tío Pelías, quien al morir el patriarca y abuelo de Jasón, había arrebatado el reino a su padre, Esón.
Al convertirse en un adulto, el joven Jasón por fin se decidió a reclamar su Corona. Con ese objeto se presentó ante su tío y el hombre no le negó el derecho, pero le impuso como condición una tarea que el mundo juzgaba imposible: lo envió a robar el vellocino de oro. Creyó que en ello le iría la muerte al sobrino y él jamás tendría que devolver el trono de Yolco.
Jasón no se acobardó, y reunió en un barco de cincuenta remos a los mejores héroes griegos. Cada uno, sobresaliente en una disciplina. La nave, llamada “Argos” albergó a los gemelos Cástor y Pólux, a Orfeo, a Teseo y al gran Hércules, entre otros. Con ellos se aventuró hacia la Cólquide y allí conoció al rey Eetes, padre de quien sería una pieza fundamental en su travesía y, también, en su vida. La hechicera Medea se enamoró de él a simple vista y se aplicó con todas sus artes mágicas a lograr que extrajera el vellocino del árbol donde colgaba.
Jung
Para Carl Jung, el vellocino de oro representa el imposible. Un objetivo cuya consecución no puede alcanzarse por medio de la razón. Se trata de un conocimiento al que se accede por medio de cierta fe y se acrecienta con pureza de ánimo. Esa transparencia de intenciones será quien filtre la gracia que los dioses quisieran donar al héroe. Por ello, resultaba una paradoja insalvable conseguirlo sin merecerlo. Y esos méritos no dependían de la astucia ni de la inteligencia. Sólo podían lograrse con la limpieza del corazón.
El custodio del vellocino, como todo monstruo mítico, refleja una realidad interna del héroe. Para el fundador de la escuela de Psicología analítica, existe una correspondencia misteriosa entre los estímulos del afuera y los procesos interiores del hombre; correspondencia a la que califica de “coincidencia significativa”.
En este caso, el custodio es una serpiente de dimensiones. En algunas versiones del mito es un maligno dragón. Ambas criaturas proponen la sangre fría de un reptil, la ausencia de corazón y el cálculo descarnado con que Jasón enfrenta los desafíos. Lo que era una prenda espiritual, que ampliaba la sensibilidad y las capacidades intuitivas, pierde su poder.
Jasón pudo haber adivinado el destino de su vida. Pudo haber visto en el dragón su propio mal. Pero, obnubilado por el vértigo y el éxito que le proporcionaba la magia de Medea, no pudo notar la analogía y, mucho menos, pasar la prueba que la peripecia le estaba planteando. Si, en cambio, hubiera conocido su “sombra”, (el costado que rechazaba de sí mismo) proyectada en el monstruo, habría podido convertir esa fuerza descendente en un resorte para alzar vuelo.
Por ello el relato nos muestra a Jasón eludiendo el enfrentamiento con el dragón. Dejando a la magia de Medea la tarea de dormir al monstruo y evitarle el esfuerzo, que siempre es llave de la virtud.
El resultado fue negativo como conviene a toda proeza que no se merece profundamente. Si bien el héroe consiguió el vellón y se lo entregó a Pelías, viciada de maldad, ya la prenda no podría serle útil. Había perdido la condición de bien espiritual y sólo sirvió para denigrar el alma del héroe. Lo que vendrá después en la vida de Jasón será una existencia sin heroísmo: separaciones, crímenes, la soledad y el olvido.
domingo, 15 de diciembre de 2019
Nota de Caldenia sobre "Mapa oscuro" de Susana Slednew
Mapa oscuro
de Susana Slednew
El nuevo libro de Susana Slednew, que lleva el título de “Mapa
oscuro”, surge desde la experiencia del taller de escritura creativa en una Unidad Carcelaria. La poeta podría
haberse conmovido por el contacto con los reclusos desde una empatía tibia que
la posicionara como simple espectadora de esos destinos. Pero no. Lo que sucede es mucho más intenso. La aventura
modifica su espíritu. “Ahora sos esta mujer/ empapada de encierro”,
dice la poesía.
El libro retrata especialmente los pasos de la
transformación interior.
“¿Una condena es hacia adentro o hacia afuera?” Así se
explicita la existencia de los reinos entre los que cabalgará el poemario desde
el punto de vista espacial. Pero es también una invitación a pensar en la
dicotomía adentro/espíritu y afuera/ entorno.
El espacio se propone como clave desde el mismo título. Si
hay un mapa, será porque hay un recorrido que hacer.
En el inicio, los temores. “¿Cuánto durará la batalla/a
favor de la ingenuidad?” se cuestiona la voz poética. La pregunta
desnuda la dificultad que signó el decidir si aceptaba o no la invitación. Por lo visto, ganó la “ingenuidad”, tal como
califica el texto a esa ilusión de poder cumplir la tarea. Un proyecto de
cierto riesgo, casi destinado a decepcionar. Quizá fuera una “ingenuidad”, pero
la poeta decidió tomar el mapa oscuro y aventurarse en la travesía.
Mapa
Si hace falta cartografía para recorrer un espacio cerrado
será porque es laberíntico, al menos ésa es la conjetura natural que la
sensibilidad lectora hace.
El espacio exterior desaparece en cuanto la autora atraviesa
los controles. Allí, como si se pusiera una máscara para tratar incluso con los
guardias, pierde transparencia y oscurece el semblante. Se tensa su actitud.
Los muros se angostan como en una pesadilla, avanzan sobre
ella a un punto asfixiante. Es el mapa de un laberinto que en cualquier momento
toma vida y le impide la salida. Este temor fundamental está supuesto en la
idea de laberinto.
Es inevitable evocar el mito en que Teseo libera al pueblo,
del yugo del Minotauro. La prueba
consiste en tratar con la otredad
del monstruo, que encarna todo lo que está en nosotros y rechazamos, como una
proyección de las tendencias vergonzantes de la sociedad.
El Minotauro es hermano de Teseo (su padre verdadero era
Poseidón); y la misma Ariadna, comparte madre con la bestia. Los vínculos sugieren
en el mito que el monstruo no es una criatura foránea. En cambio, representa lo
más censurado y propio del grupo de pertenencia.
Los barrotes invitan a la división entre buenos y malos,
como lo hace el laberinto. A segregar tendencias que quizá el hombre libre
también posee ̶ aunque mantiene ocultas, en
cambio de expresarlas por medio de la violencia y el delito ̶ .
Ariadna guía a Teseo para hallar la salida: con el hilo en
mano, él debe desandar el camino que hizo pero en sentido inverso. Esto mismo
reproduce cada viernes la poeta.
La acción de regresar
sobre sus pasos remite a la reflexión, a pensar en los hechos pasados. Mientras
los condenados no comprendan qué los llevó a enterrarse en este laberinto,
podrán salir, pero no habrán comprendido.
Slednew comienza a abrir los oídos a las palabras del
adentro. Esos seres ya no son tan diferentes. Por eso “ciertas palabras te alcanzan/ las estás
viendo ahora por el retrovisor.”
Catábasis
El espacio aparece como en un sueño circular. En la medida
en que se atraviesa una puerta que se cierra de inmediato con tintineo de
llaves, guardias y poeta se dirigen a otra más adelante y repiten la acción de
franquearla y verla clausurarse en un segundo.
“Abrir / tras el haber cerrado/ pesa / como una armadura de miedos.”
Los pasadizos se abren por tramos y el viajero se interna
emulando al mito de Orfeo y su visita al Infierno. Si a la poeta se le permite el paso es, como
a Orfeo, gracias a la poesía. Si el héroe antiguo recibía los sucesivos
permisos para ir atravesando estancias del Tártaro era porque su canto sonaba
extraordinario. La poesía le abría las puertas, del mismo modo que se las abrirá
a nuestra poeta.
El ir enterrándose en el interior del Infierno es lo que
trae la Muerte al escenario. Tal vez el verbo “retumbar” que se utiliza en
poemas siguientes sea, más que el eco que retumba, un modo de describir la
acción de enterrarse en la propia tumba. Así se utiliza popularmente el
sustantivo “tumberos”.
La finitud se percibe allí pero también se internaliza “pesa
/ esa miseria en tus huesos/ por el sendero de los paraísos.”
Al ver un duelo particular y pensar en otros que la poeta
recuerda del afuera, el yo poético despierta aún más a la realidad de que todos
tenemos el mismo destino. Este concepto animó mascaradas típicas de la Edad
Media a las que se denominaba “La danza de la Muerte”. En esas ocasiones, se
les recordaba a los poderosos que algún día perderían sus privilegios a causa de
la más democrática condición humana: la mortalidad.
La muerte inexorable más allá del estamento social desplaza
al miedo, que le deja espacio a la empatía. Sobreviene, como consecuencia, la
mirada romántica.
“La puerta clausura/ el lenguaje binario de las rejas”. Una vez
fuera y a partir de la empatía, resuena
en la sensibilidad de la poeta lo que se ha dicho o escrito dentro. No extraña
que califique de “romántico“, su espíritu.
¿A qué se refiere con la mención del movimiento literario o
de la acepción popular de ese término? En este caso, a la esperanza de que todo
vaya bien y que la irrupción de la poesía algo pueda mejorar. Ese “romanticismo” ahora resiste el sentido
realista, de pies sobre la tierra, y cuestiona con la actitud esperanzada a
quienes prefieren conocer estas realidades, pero prudentemente, de lejos.
Las rejas dividen a
los hombres buenos de los malos adentro. Ésa es la mirada desde el miedo. Pero
existen otras posibles. El Romanticismo, surgido en el siglo XVIII, exaltó la
subjetividad y buscó comprender a los excluidos, a los condenados por la
sociedad, a los diferentes.
Cuando la poesía deja de ser una extranjera en la cárcel “La
poesía/ ha llegado como extranjera: / poco a poco/ se hace entender”, comienzan
a diluirse los límites. “Mientras tanto/ la línea que es difícil de
ver/separa el bien del mal/ como quien aparta los ingredientes sin calcular con
precisión los resultados.”
Aire
A medida que avanza el libro va ganando fuerza el elemento
aire y retirándose la asfixia. Los
pájaros, el viento, la visión de los árboles son todos aspectos que van re-significando
la experiencia exterior de la poeta. “Ya en tu casa, por tu piel el agua tibia/
el confort tiene ahora otro precio/ que no se paga en un vencimiento.”
Una simple ducha caliente, por contacto con el “adentro”, se
ha tornado una bendición.
La imagen de un preso con un arma se opone a la de otro
recluso, con un cuaderno. ¿Qué vale más
allí dentro para conquistar la libertad?
“Un poema/también es un exilio”
El aire es el elemento de la libertad, aunque asimismo del
pensamiento. En muchos otros artistas la imaginación se torna el escape a
cualquier restricción.
Si hay un pasaje emblemático de esta valencia es una escena
de Fray Servando Teresa de Mier en El
mundo alucinante de Reinaldo Arenas. Encadenado tan hiperbólicamente que
finalmente ceden los cimientos de la cárcel por el peso del metal, el fraile,
célebre escapista, puede viajar adonde quiere a pesar de la paranoia de sus
captores. Y lo hace por el aire, con la imaginación.
La impotencia de los guardias se manifiesta todos los días
en una nueva cadena hasta que su peso derrumba el edificio de la cárcel. El
sentido de una pregunta de Slednew suscita la misma impresión: “¿Cómo
se condena/ a la mente/ que escapa?” Nada
nos hace más libres que la capacidad de volar con la imaginación.
El aire convoca la transparencia. Varios objetos exhiben su
condición volátil. El polvo, los pétalos, el viento y, luego, los poemas se
tornan expresiones de lo aéreo. El vuelo proclama la conquista de la libertad.
“Vos ya sabés/ que a veces la
vida/ se presenta como un ala.” Tal vez ésta sea la forma de conjurar
la asfixia que irrumpió en el ingreso a la Unidad Carcelaria. Ahora regresa el
aire, se pone en marcha la vida.
Poesía integración
El uso de la segunda persona, un rasgo característico de las
vanguardias concurre a muchos de los poemas. Se trata de un desdoblamiento del
sujeto lírico. En algunos poetas reproduce la necesidad psicológica de tener un
interlocutor, de combatir la soledad. Susana Slednew utiliza esta perspectiva
como si de entrada se hubiera dejado inundar por la soledad de quienes están
condenados.
El recorrido de la memoria al olvido es otra prueba de la evolución
de conciencia. Al principio, “como
tantas veces/ el recuerdo de un lugar querido/ viene a salvarte” la
memoria es una herramienta para huir de lo que duele. Pero después, “lo
que sostenía/ era la memoria/ ahora te parece/ que la condición de seguir/ es
el olvido”. La voz poética necesita olvidar, como otra muestra de la
transformación interior que sufre mediante el contagio de sus alumnos. Así como
desea dejar atrás un gran error quien lo cometió, la poeta también quiere olvidar.
Quizá el límite tajante entre condenados y libres sea parte de lo que ella
anhela dejar atrás.
“¿quién pudiera sobrevolar/ entre tu casa y la cárcel/ vería poemas”
[…] “vienen y van / como volantas”
Las “volantas” y la imaginación libertaria serán las
encargadas de desdibujar el límite tajante de los barrotes.
Lo que resulte habrá de ser una firme confianza en la
poesía:
“ésta es tu manera de la fe/ algo así/ como dejar lo incierto/ frente
al viento/ y que la poesía responda/ el próximo viernes/ hoy/ o ayer.”
La ingenuidad, con que el miedo califica la decisión de la
poeta a aventurarse, se ha ido. Se ha ido también la Esperanza romántica en que
la poesía pueda mejorar algo. Ahora no es una ilusión para el futuro. Es la Fe
poética, en tiempo presente. La convicción profunda de que existe un poder
transfigurador en la poesía. Un poder que transforma a todos los que toca.
Nota de Viejo Mar sobre "Mapa oscuro" de Susana Slednew
Susana Slednew Mapa
Oscuro
El nuevo libro de poemas de Susana Slednew, con el título de
“Mapa
Oscuro”, nació de la aventura que emprendió la autora al dictar un
taller de escritura en una Cárcel.
Invitada por el poeta y siempre activo promotor de eventos
culturales, Mario Lóriga, y acompañada por otros autores, Slednew se animó a la
experiencia.
Debió haber deliberado bastante la decisión. Como si hubiera
dudado de que la Poesía, con su sutileza, pudiera sobrevivir en un ámbito
hostil y atraer a los convictos hacia sus brazos amantes. La autora debió haberse resistido hasta que cedió a la empresa,
por malas perspectivas que hubiera previsto. “Te preguntas/ cuánto durará la batalla / a favor de la ingenuidad.
Si disponerse al plan comienza siendo una “ingenuidad”, esa calificación
evolucionará: “La poesía/ ha llegado
como extranjera: / poco a poco/ se hace entender”. Ya el iluso optimismo convierte la ingenuidad
en esperanza. Cuando los condenados puedan hablar el lenguaje de la poesía, ya no
será crédulo apostar al poder de la palabra. En todo caso, habrá de ser la
expresión de un “espíritu romántico”, una de las formas de la Esperanza en la
labor misteriosa de la Poesía. Luego incluso tal vez se atreva a la Fe plena en
ella.
En viaje
“¿Una condena es hacia
adentro/ o hacia afuera?” reza el texto, explicitando en qué dos planos
ocurrirá la peripecia. El contrapunto no sólo se refiere al adentro del
encierro y el afuera de la libertad. También remite al adentro de las emociones
y al afuera del entorno.
Las sensaciones que va atravesando Slednew en sus visitas
semanales a la Unidad Penitenciaria quedan cristalizadas con innegable belleza
en los poemas siguientes. Primeramente, la opresión y el temor que siente al
ingresar por esos pasillos sucesivos que se abren y cierran por partes “abrir tras haber cerrado pesa como una
armadura de miedos.”, resalta la percepción del espacio laberíntico para quien
se interna hasta el centro infernal del encierro.
En el ingreso, el ambiente enrarecido la obliga a esconder
su vulnerabilidad, y defenderse mediante una máscara hierática. “Un poco/ de la transparencia que traés/
cae ahora.” Ni los guardias que controlan la entrada deben descubrir su
miedo.
Ya dentro, retrata un mundo binario en que los barrotes dividen
las aguas, entre el reino del Bien y la región soberana del Mal. Esa cesura,
que en el afuera no existe, va mostrando cada vez más su sinrazón. Prima en el
adentro la percepción de que, entre las alas que poda la prisión está la posibilidad
de cambiar. El estigma.
En cuanto la autora
retoma el curso del afuera, “la puerta
clausura/ el lenguaje binario de las rejas.” La región donde abunda el aire, la recibe
ahora acompañada de las palabras dichas dentro, resonando una y otra vez en ella. Esas voces comienzan a transformar su visión.
Algo, quizá alguno de los poemas escritos por los presos,
introduce la idea de la muerte, y eso lleva, ya fuera, a que la poeta concluya:
si ante la muerte, todos somos igualmente vulnerables, es que la diferencia
entre unos y otros no ha de ser esencial. Los límites no serán tan tajantes. “Mientras tanto/ la línea que es difícil de
ver/ separa el bien del mal/ como quien aparta los ingredientes sin calcular
con precisión los resultados.”
Ése es el momento en que el adentro se filtra en la vida de
la autora y sale de la prisión para convertir su mundo. Los presos, también modificados
por obra de la poesía, influyen en la concepción de realidad de la poeta. La
llevan a valorar su cotidianidad. “Ya en
tu casa, por tu piel agua tibia/ el confort tiene ahora otro precio/ que no se
paga en un vencimiento.”
La asfixia cede porque el aire anima la vida, eso es lo que
dona el taller a los hombres confinados: “Vos
ya sabés/ que a veces la vida/ se presenta como un ala”. Pero no son ellos los
únicos que reciben y se transforman.
El mapa oscuro es el retrato de un viaje arquetípico que la
literatura registra muchas veces. Un viaje que comienza internándose en un Infierno
interior o exterior, en el que el viajero sufriente aprende, comprende y hace carne sus limitaciones para luego
emprender el ascenso, la conquista del aire; de la libertad, desencadenada del
pasado. Por eso es una redención. Es preciso hacer memoria para después sanar
por el olvido. Así cambia el paisaje haciendo, de un encierro en el que no hay
posibilidad de salvarse, una escalera. Y el sufrimiento cobra sentido porque
conduce a algo. Esa liberación, tanto en Mapa Oscuro como en los antecedentes de la tradición, ocurre mediante el
vehículo de la Poesía. A través de los peldaños de la Palabra.
En el punto de llegada, vemos la pregunta: “qué es / lo que me fue quedando/ mientras
anduve/ de un lado al otro de la sombra?”
Ese poema impreso excéntricamente sobre la contratapa exhibe, en su disposición, la continuidad entre
literatura y vida porque la poesía continúa más allá del final del libro.
En ese mismo poema también se responderá: “este
llavero/ de piedras claras / se lo cambié a quién?”, como si todo se
resumiera en haber donado el conocimiento de la Poesía como moneda de cambio, para
comprender el valor de la verdadera libertad. Las llaves ̶ las
claves ̶
que abren definitivamente la jaula
interior.
Sin embargo, la experiencia vivida fue motivo de un poemario
refinado, emocional y, como es habitual en la poeta caxtense, filosófico.
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