jueves, 17 de mayo de 2018

Presentación de "Me sangra la poesía..."

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“Me sangra la poesía…”

LITERATURA - SERGIO DE MATTEO Y UNA RECOPILACION CREATIVA
“Me sangra la poesía por la boca” es una recopilación de textos críticos sobre asuntos diferentes aunque todos ligados al quehacer cultural. Es un libro de Sergio De Matteo escrito en código poético que este artículo trata de desentrañar. 
Gisela Colombo – Esta diversidad de autores y fenómenos artísticos incluye el análisis de obras como las de Olga Orozco, Bustriazo Ortiz, Edgar Morisoli, Margarita Monges, Olga Reinoso, Miguel de la Cruz; productos del grupo “Desguace y Pertenencia” y otros poetas emergentes de las últimas décadas. Pero el autor también se anima a la observación teórica de pintores, escultores, cantantes… La política, la explícita visión ideológica que sostiene, también se manifiesta en los estudios, aunque siempre desde un punto de vista de la crítica cultural e histórica. A veces, hasta filosófica.
No sería extraño este conjunto, en virtud de la actividad del autor que se ha debatido desde hace tiempo entre la crítica literaria, la actividad político-cultural, y la creación poética. En definitiva, se mueve en el formato del ensayo académico, producto de la razón y la lógica, trabajo sistemático y científico. Aunque, también en un género muy distinto: la poesía. De lenguaje abierto, impreciso, suscitante, la lírica no posee como célula el concepto, sino la imagen. Una metáfora, un símbolo, esos son los ladrillos del poeta.
Hallar la raíz.
Ahora bien, debajo de tanto ramaje proliferante ha de haber una raíz común. Hallar la raíz que aúne y alimente ramas tan diversas es lo que inspira este artículo.
De Matteo nos ofrece algunas pistas. En las primeras páginas señala explícitamente, “[…] para el filósofo alemán Heidegger ‘la poesía funda la casa del ser'”.
En la poesía debiéramos sondear, entonces, la raíz que se nos esconde.
Luego, cita a Walter Benjamin: “La crítica debe hablar el lenguaje de los artistas”.
Si se habla de poesía, de creación, pues entonces habrá que hablar poéticamente.
Como lectores obedientes, aunque no por eso menos suspicaces, hemos sido convidados a observar qué hay de código poético en la obra.
Lo primero que salta a la vista son los paratextos, el título, los epígrafes y detalles que componen al libro sin ser su propio cuerpo. Muchos autores utilizan deliberadamente esos elementos como claves de lectura. Si éste fuera el caso, observarlos nos permitirá intuir en imágenes poéticas lo que luego se desplegará teóricamente en el cuerpo del texto. 
La elección de la cita que da título a la obra no es de ningún modo casual. Se trata de un poema de Francisco Madariaga, poeta correntino, a quien se estudiará en estas páginas también. Además de ser el título escogido para el libro, esa cita -extendida un verso más- aparece como epígrafe: “Tengo ganas de leer algo hoy./ Me sangra la poesía por la boca”.
Amén de la fuerza que posee este último verso, la vinculación con el anterior es sugestiva. El poeta Madariaga confiesa estar deseando leer. La operación de leer es un modo de incorporar algo externo a uno. “Beber o abrevar de las fuentes” son expresiones tópicas para hablar de la lectura y de la asimilación de lo leído. 
Sin embargo, este deseo es seguido por una expresión que supone la dinámica contraria: el hacer emerger de uno mismo el líquido que lo habita, lo oxigena, le da vida. La sangre, sin la cual es imposible la supervivencia. Se trata de una paradoja. Por más que plantee una relación antitética, no lo es, más que en apariencia.
Porque sangrar por la boca sería dejar salir lo más vital de uno mismo. Quizá, por medio de la palabra, de la oralidad. El mismo De Matteo nos advierte este dato, desviándose sospechosamente del asunto que viene tratando, cuando nos revela que la poesía es un género ligado a la oralidad, al ritmo sonoro, a la música.
La aclaración nos conduce a pensar que tiene bien presente el carácter oral señalado en el título: no será sólo expresar el interior, sino expresarlo por la palabra oral. “Lira” era el instrumento con el que se acompañaba en la poesía medieval toda producción de este tipo. Así, la expresión de sentimientos era un volcarse en imagen creando un sortilegio de ritmo, música, sonoridad verbal y estímulo a la imaginación. Por eso llamamos Lírica al género mayor de la Poesía. Hoy el público consume mucha poesía a través de cantantes, bandas y artistas y no siempre los asocia con el mundo literario.
En consecuencia, sangrar por la boca bien podría retratar el ejercicio poético en lo que tiene de genuino volcarse. De genuino y doloroso volcarse en imagen. Perder sangre es también un modo de debilitarse.
El cantar duele.
La pregunta que cabe hacerse es ¿por qué sangra la poesía? Y allí es donde entronca la visión crítica de De Matteo respecto a la realidad. El cantar duele. Duele porque la realidad no es lo que debiera. Ni el mundo, ni el país, ni la región son lo que debieran. El poeta lo sabe y tendrá la misión de denunciarlo. Así lo propone otro de los epígrafes de la obra: “El pensador y el artista tienen una misión intransferible, superior a su voluntad, que es la de revelar lealmente aquello que suscitan en él las cosas del mundo en que vive” (Ezequiel Martínez Estrada). Los otros dos epígrafes invitan a la vehemencia y el compromiso romántico con esa misión poética y existencial, por más que duela.
El “sangrar por la boca”, el dejar salir nuestro líquido vital por el habla, remite a un desnudar, tal vez demasiado, lo que nos habita. Y si el verso anterior se refiere a leer, entonces estamos frente a la clave de este estudio.
El autor lee a otros poetas como un modo indirecto de leerse a sí mismo. Las reflexiones estéticas que despliega a propósito de cada artista van armando el rompecabezas de su propia cosmovisión. Y lo hace sutilmente, con la modestia del que no desea ser el centro y sin embargo anima y completa, con su visión, a quienes estudia.
No es el primero que, como Marechal, desea mirar desde arriba al laberinto para poder comprenderlo. Cantidad de artistas ejercen el oficio de críticos, de estudiosos, de teóricos sobre la naturaleza de su arte. No es una actividad diferente a la de la escritura creativa. Borges solía decir que leer y escribir son una misma actividad. Y dadas las transformaciones literarias que operaron en el Siglo XX, todo lector se torna una pieza fundamental para el cierre y la consecución del texto. El intérprete termina cargando de contenido experiencial las metáforas o símbolos propuestos por el poeta y también le da su pincelada final.
Tendencias.
Leer y escribir, entonces, son -como propone Madariaga- la misma actividad. Dante, Boccaccio, Shakespeare, Edgar Allan Poe, Maupassant, Mark Twain, Rubén Darío, Horacio Quiroga, Borges, Lugones, Cortázar y otros tantísimos creadores generan sus propias preceptivas, sus propias reflexiones sobre la génesis y naturaleza de la actividad escritural. Y lo hacen, en muchos casos, comentando la obra de un artista admirado o bien mediante una invectiva contra un poeta al que desmerecen. Abordan la reflexión estética de terceros porque es el modo de profundizar, descubrir y revelar la visión particular del mundo y de las cosas que sostienen.
Están haciendo literatura también. Literatura que explica abiertamente las tendencias de sus creaciones puras.
¿Cuáles son las tendencias aquí? ¿Qué cosmovisión revelarán las piezas dispersas de este rompecabezas?
La Tradición y el Estilo.
El concepto más sondeado en “Me sangra la poesía por la boca” es el modo misterioso en que el artista combina su propio sentir con la “Tradición”.
La “deglución de otros autores” en la búsqueda del “estilo propio” es uno de los mayores intereses de este estudio. Ese proceso es, para De Matteo, un diálogo con todo el pasado literario. Un diálogo nutricio que lleva al poeta a beber y rechazar, a reelaborar las fuentes con verdadera conciencia de lo que hace y del puesto que ocupa frente a la belleza. Un diálogo en el que se conoce, se mide y se define a partir del contacto con lo que han hecho otros.
La naturaleza de la poesía.
Pero detrás de todo, descorriendo todos los velos, vemos una concepción particular de la poesía. Ya no expresada solarmente, con la luz expansiva e insoslayable con que el ensayista denuncia los males sociales. En sombras, en expresión lunar, se descubre la poesía tal la concibe la tradición órfica, como la piensan muchos poetas: puente al trasmundo, a regiones que no se perciben con los sentidos, apertura a una realidad más amplia, quizá, más inmutable y real.
Es la Poesía como ejercicio cognoscitivo, como búsqueda de una verdad que no se nos dice del todo. El poeta persigue el Verbo primero. Esa palabra dicha por un Creador que, al pronunciarla, da vida a lo nombrado.
El poeta se ilusiona con hallar ese sonido que pueda, como la fuerza generadora de todo lo visible, pronunciar para dar vida a algo.
¿Qué desea animar, con ese Verbo? Un sitio mejor. Una y otra vez intenta hallar la “palabra mesiánica”, ese Verbo que con sólo ser pronunciado, sea capaz de crear lo anhelado, de reconstruir el paraíso perdido.
Tal es la sedienta búsqueda del artista, que desea beber y, en cambio, sangra…
* Docente

Milímetro o instante

Ya duele 
lo que haces…
Entre el dolor y el placer, 
un milímetro, 
o un instante.
Del hielo que eriza
al frío que quema,
la raja se abisma.
No mordiste mis medias.
Rasgaste la piel
de mis piernas.
Y sangran.
Entre la atracción y el rechazo,
un milímetro,
o un instante.
Ya pasa…

Carne y ángel

Somos 
la tragedia de saber 
que jamás tendremos 
lo deseado...
Es demasiado grande
el deseo de un ángel
y demasiado pequeña
esta carne.

Más me ablando

El sentido se me escurre 
en mínimas penas. 
Los dolores no endurecen mi madera 
con el paso de los años.
Cada vez más frágil,
me voy cansando.
Mi resina se derrite...
Más pierdo,
más me ablando.
Disolverme, hacerme agua
es mi única promesa...
Algún día iré a ti.
A derramarme,
agua y sangre
en tus arenas...

Una nota sobre "Que el río sangre" de Gisela Colombo


IInicio  Caldenia  “Ver esta novela de arriba”

“Ver esta novela de arriba”

Gisela Colombo construye en la obra “Que el río sangre” una red intertextual que anuda lo existencial y lo espiritual. Ofrece a los lectores una experiencia de ascenso hacia la belleza.
Sergio De Matteo *
“Que el río sangre”, tiene muchas aristas, incluso permite relacionarla con la novela anterior, “El juego del colgado”, porque poseen estructuras similares, hay un juego de tiempos, una articulación muy interesante de los personajes, y también porque se conjugan y se concilian diversos campos del saber. El conocimiento va de lo netamente formal hasta lo informal, desde lo que está reconocido como legal, así como también lo que ha sido considerado ilegal. Es decir, pivotea entre lo instaurado como verdadero y real y lo que fuera perseguido o silenciado por fabuloso.
Las novelas se vertebran sobre dos historias interesantes, que se bifurcan y yuxtaponen con otras que nutren a la principal, que es, en definitiva, la ordenadora del relato. Estas novelas, dos obras de ficción, han tenido un trabajo exhaustivo de investigación y de acopio de materia prima (lecturas) que le dan asidero a la propia construcción literaria.
En la primera novela, “El juego del colgado”, se registra la historia del tarot. De alguna manera se va desarrollando toda la trama de los personajes en torno a este juego o ciencia.
La otra obra, “Que el río sangre”, también articula hechos de personajes reconocidos, y se apela a contenidos teóricos y recursos poéticos muy interesantes. En este caso el argumento trata sobre la astrología. Van cruzando la estructura de la novela diversos campos del conocimientos, incluso, algunos de ellos, considerados durante bastante tiempo como saberes paganos.
Las influencias surgen de la acumulación de lecturas, de las tradiciones en que se bucea, en la incidencia de los precursores. Ambas novelas tienen un entramado cultural que la sitúa en un lugar de diálogo local pero también universal. Entonces, por una lado se resalta el trabajo de escritura, con toda esa biblioteca boyando en la imaginación de la autora, y a su vez, el diálogo con la tradición, donde recupera lo que le sirve de esa vasta producción; con lo que recrea e impulsa su impronta emergente, innovando sobre la serie literaria legitimada.
Cuando se desafía la biblioteca y se discute con la tradición, para hacerle un lugar a lo nuevo, pasa lo que ha teorizado Harold Bloom, ocurre la angustia de las influencias. Ahí también se descubre el trabajo de zapa de un escritor que negocia con esas influencias. En el libro, o los libros, de Colombo están saldadas tales deudas, hay homenajes y reconocimientos, lo que permite reconocer marcas y la irrupción de una nueva obra.
Intertextualidad.
La novela premiada por el Fondo Editorial Pampeano cuenta sobre Marsilio Ficinio, también aparece el Bosco, y por sobre todo, se intertextua una parte de la obra musical de Gustavo Cerati. A todo esto se le agrega un novelista dentro de la misma novela, como un desdoblamiento del autor que se introduce en la obra. Ahí se tiene un primer indicio del carácter constructivo de la novela, con este desdoblamiento del narrador. Es posible plantear la tesis que deviene “una novela dentro de la novela”.
La obra está tramada en diferentes niveles de discurso: mitología, filosofía, religión, poesía, música, y se destaca la cuestión científica. También hay una importante red de referencias, pero se citan autores que tienen incidencia sobre la obra. Por eso es una novela dialógica e intertextual; acorde a lo que señalara Julia Kristeva, porque el texto se comporta o se compone como un mosaico de citas. Por lo tanto en la novela se encuentran referencias, fragmentos de textos de otros autores, y sobresalen las citas de las canciones de Gustavo Cerati.
Puede reconstruirse a través de la red intertextual una biblioteca de autores que, a la vez, obliga a reflexionar y relacionar a medida que se lee y se adentra en la historia, en el relato. Citas que no están puestas adrede, sino que cumplen una función sustancial en la obra; en algunos casos hacen avanzar al relato, en otra son catálisis, para sumar información.
Un ejemplo: “Nadie, excepto Dios, crea de la nada. Me pregunto quiénes se me irán colando en el texto que escribo, sin que siquiera yo pueda notarlo…”.
Experitexto.
Los datos y las citas que se le añaden a los personajes alimentan ambas novelas. Son historias que se yuxtaponen y van depositando datos en la historia de los otros para que tenga un significado la obra. El desafío del escritor es plantear mundos imaginarios o ficcionales; después dependerá de la recepción y la interpretación de cada lector.
Lo interesante cuando se habla de la relación intertextual, es que emergen otros recursos, como la relectura, la reescritura, la resignificación de lo que ha publicado y lo que ha podido leer el autor. Así que se tiene el “genotexto” (texto primero, sea Ficino, Borges, el Bosco, Cerati) y el “fenotexto” (el objeto fenómeno, la novela de Colombo), pero se podría hacer una variación a esta dependencia sígnica y agregar la idea de “experitexto”, que introduce la autora por medio del narrador de la novela, que se asienta en una trama entre musical y poética, entre científica y pictórica.
El experitexto anuda lo creativo con lo existencial (“El cuerpo era el primero y más profundo símbolo del que disponía el espíritu para comunicar”; “Sin la materia el espíritu estaría condenado al silencio en el mundo”) y, en esa simbiosis (“En el texto vería el mundo que ese hombre -cuyo cuerpo estaba hecho de la misma fibra fugaz, y su sangre, del mismo fluido ferroso que nos corre dentro- era, ni más ni menos, que Dios mismo”), se inicia el camino hacia la belleza (“Somos tres espíritus escalando, tres artistas pujando por comunicar: Marsilio, el Bosco, y yo mismo”), el ascenso al mayor grado de espiritualidad (“La palabra, la pintura, la música, la danza y hasta el amor reclamaban sentidos que hicieran de puente entre el mundo exterior y el espíritu que duerme dentro”).
Poesía/Canción.
Otro de los puntos para resaltar de la novela es el diálogo que se da entre la poesía y la canción; más allá de que es una obra narrativa, es una novela (“sus autores convierten poesía en narrativa”). Está contaminada de poesía y de fragmentos de canciones (Cerati). Es interesante que una novela resignifique la producción poética y la cancionística, pero si esto sucede en La Pampa tiene una interacción inmediata, por la raigambre de la tradición provincial y su cancionero.
El escritor Jorge Luis Borges brinda una serie de conferencias en el Teatro Coliseo de la ciudad de Buenos Aires en 1977. En una de ellas aborda la “Divina Comedia”, de Dante Alighieri, y dice que “El verso siempre recuerda que fue un arte oral antes de ser un arte escrito, recuerda que fue un canto”. En ese sentido, la novela de Colombo alude a ese universo melódico que relaciona a la poesía con la canción (“Después de todo, son versos, palabras… Me guste o no, se trata de una forma de poesía…”, y en sus páginas se entrelazan jarchas medievales, canto provenzal, tangos, romances castellanos y el rock nacional.
En ambas novelas de Colombo el canto, el recitado o la oración serán la vía de la palabra (texto) mesiánica de renombrar el paraíso, de atisbarlo en la escritura y percibirlo en el alma: “Un lenguaje más alto habita en nosotros, canta cuando nos distraemos y nos comunica más allá de todo límite”.
* Escritor

La vía de la Belleza en Leopoldo Marechal


Leopoldo Marechal
Nació en 1900 en Buenos Aires y murió el mismo mes en que cumplió 70 años. Acababa de entregar a la imprenta la última novela: Megafón o la Guerra. Fue maestro de escuela, bibliotecario y funcionario público. Pero se destacó mucho más como poeta, escritor dramaturgo y ensayista. Es, sin dudas, uno de los grandes hombres de nuestras Letras. Clásico y vanguardista, rescató toda la tradición occidental sin jamás haberle dado la espalda a su patria y a su tiempo. Un católico devoto cuya actividad y compromiso político le granjearon alternativamente el crédito y el descrédito al ritmo en que se sucedían las vicisitudes políticas y la convulsión que atravesó los años en que escribió.
Su obra es vasta y convida a tomar cualquier aspecto como vía de acceso, porque tiene la virtud de una profunda coherencia instaurada como única raíz. Marechal hubo de trazar una estética que explicitó en un libro llamado “Descenso y ascenso del alma por la Belleza”.  En él despliega la cosmovisión y el fondo espiritual en que todo se sustenta. Por ello, constituye una lectura fundamental para descubrirlo.
La Belleza
El texto está consagrado a explicar una dinámica que ocurre en torno de la Belleza, el corazón de su obra. Marechal abreva en una serie de autores de la tradición neoplatónica, especialmente aquellos que se suponen nucleados en una “cofradía”, hermandad secreta a la que llamaron “Fedeli d’amore” (Fieles de amor). Dante Alighieri, Guido Cavalcanti, Giovanni Boccaccio y Giovanni Cavalcanti, Marsilio Ficino, entre otros.
La Belleza no constituye para él ni para ninguno de esos autores, algo que simplemente recrea la vista. No es ni remotamente una frivolidad. En cambio, se trata de una cualidad de todo lo existente que revela su origen. Todo es, en diferentes grados, bello. Incluso aquello que observamos como “feo” posee algún grado de belleza, porque ya desde la condición de ser, se es, en alguna medida, bello.
El gozo que despierta en el espectador lo bello se debe, para ellos, a que toda Belleza descubre y promete algo verdadero.
Santo Tomás de Aquino señala que existen varios caminos que conducen hacia lo trascendente.  La Belleza es una de las cuatro vías por las que se puede ascender a Dios, según reza la teología católica. Porque si algo es bello, es porque recibe el “esplendor” de quien le ha dado vida. Así, toda Belleza proviene del Creador y nos habla de él. Esa fuente es infinita como lo son la de la Verdad, la de la Bondad o la de la Unidad. Y por cualquiera de ellas es posible acercarse a Dios.
Pero Dios,  de donde proviene lo creado, es también identificado con el destino. Es el alfa y la omega.  En términos más personales, lo que el Creador ha puesto como don en alguien es la vía por la cual podrá realizarse en su destino. Algunos han recibido el don del arte y emprenden el camino de la Belleza, que será la vía por la cual cumplirán su ascenso. Entonces, no se trata sólo de inventar historias, de escribir poemas que suenen lindos. Es el gran camino interior que  transforma y perfecciona el que se realiza al crear belleza.
Dante Alighieri
Dante Alighieri es el emblema mayor de este tipo de creación que se torna una vía ascensional. En La Divina Comedia se narra un viaje que hace el protagonista, el mismo “Dante”, por las tres regiones del trasmundo. Infierno, Purgatorio y Paraíso. De ese modo, realiza su camino de purificación y ascenso.  Lo hace como personaje, atravesando esas regiones y como autor, escribiendo esa “fantasía”. El motor de toda la travesía es el amor de Beatrice Portinari, una dama que lo enamoró a los nueve años de edad y murió antes de que Dante tuviera la oportunidad de declararle su amor. Si cuando la vio en la calle a los dieciocho años ella ya era la Belleza con mayúsculas para él, entonces, muerta ya, el poeta la elevó a la categoría de ángel protector y es quien promueve su viaje purificador.
“Ginesofía”
Marechal reconoce la misma centralidad de la mujer en sus productos literarios y la denomina “Ginesofía”. Será una mujer real, con nombre y apellido: Solveig Amundsen en Adán Buenosayres, Lucía Febrero en La batalla de José Luna,  Thelma Foussat en Megafón o la guerra… Sin embargo, su figura convocará valencias que la exceden, ya que la idealización que le despierta esa hermosura física va llevando al poeta a asignarle todas las virtudes deseadas y en grado sumo. Por eso se convierte, más que en una criatura bella, en la Belleza Plena. Total.  Esta atribución es sólo el engaño del arrobamiento estético o­, en lenguaje popular, del “enamoramiento”.  Su humanidad no podría contener todo el concepto de Belleza porque lo infinito no puede caber en lo finito. Y ella es sólo una mujer. La dama física sólo splende, “participa” (para el poeta, en un grado mayor que otros seres) de la Belleza Increada y por tanto se torna un flechazo que permite intuir y amar por su intermedio la Belleza en Grado Sumo. Por eso, Solveig, y cada mujer-rosa que preside la literatura de Marechal, no es sólo una mujer con nombre y apellido, una dama literal, física, tangible. Es eso y a la vez, una flecha al infinito. Es un símbolo que reúne su realidad física con aquello invisible a lo que remite. Aunque no sea ni remotamente el blanco al que se dirige el deseo mayor, es la flecha que permite intuir su fuente.
Pero el sortilegio del enamoramiento pronto llegará a su fin. La ilusión de haber hallado en una sola creatura todo lo anhelado se rompe más temprano que tarde, en las relaciones que se consuman. La Belleza que logra poseerse se descubre en su limitación, en sus defectos.
En Adán Buenosayres, el protagonista escribirá una confesión de amor titulada “El cuaderno de tapas azules” y la pondrá en manos de su amada. Ella, con desprecio y futilidad, le permitirá entender en su actitud que no es a Solveig a quien ama, sino a la “Solveig” perfecta, noble e imperecedera. Adán se sentirá rechazado y comenzará su decepción. 
La iluminación
Luego, verá repentinamente muerta a la amada. Y entonces la pensará como “la niña que ya no puede suceder”, con quien no habrá futuro posible ni consumación. Al percatarse de que ya no podrá  unirse físicamente a ella, la izará a la categoría de ángel.  Adán comprenderá que su figura ha sido sólo una chispa que la Luz Eterna desprendió con el objeto de ser descubierta. Para que el hombre comprenda cómo se ama con el espíritu. Habrá otras bellezas encarnadas, igualmente prometedoras y decepcionantes. Pero la vocación del alma sólo podrá saciarse completamente en el Amor más alto, el de la criatura con el Creador.
Dicha concepción, que a primera vista parece desmerecer el amor entre hombre y mujer, al contrario, lo dignifica. Lo convierte en una intuición del Amor infinito, una promesa a pequeña escala de lo que aguarda en grado sumo. Allí, en la omega, no habrá hombre y mujer. El Amor será entre el Creador y la criatura “Porque en la resurrección ni se casarán ni se darán en casamiento, sino serán como los ángeles de Dios en el cielo.” (Mateo 22:23-30). Esto explica los símbolos que en el lenguaje religioso refieren al amor entre Dios y el hombre como un matrimonio. El novio es Cristo, la novia, el conjunto de sus fieles. Lo mismo es posible observar en los poemas del libro bíblico “Cantar de los cantares” en que la relación entre los esposos es imagen del Amor entre criatura y Creador. Y cuando Marechal apode a la heroína de su pieza teatral como “La novia olvidada” podremos adivinar quién es la novia y quién, el novio.
Descenso y ascenso
Pero si es necesario amar, tender y decepcionarse para reconocer la naturaleza del verdadero deseo, entonces la belleza visible se convierte en una escala por la que hay que descender para “ver” la incongruencia. La reivindicación de la caída es otro elemento característico de la obra marechaliana.
Después de haberse perdido, el alma volverá a su centro, reconocerá su verdadera vocación y retomará la escala hacia arriba, hacia lo digno de ser amado sin límites. Así es como, por la Belleza sensible, será posible remontar hacia la Belleza Primera o Invisible.  
Los Fedeli d’amore, de quienes bebe Marechal, ponderaban a “Madonna Intelligenza”, un modo de nombrar  la sapiencia que confería la travesía estética que acabamos de describir.  La comprensión de que, como en tantas otras cosas de este mundo, no será posible hallar la perfección aquí. El alma infinita seguirá deseando un Amor más alto, y algún día, en su regreso al origen, habrá de experimentarlo.
Esta “inteligencia”, ese “saber” no se conquista con el ejercicio de la razón sino que sólo se conoce por el Amor. Por eso su vehículo es el de la Belleza y “Fieles de amor” serán los que descubran esta sapiencia y vivan teniéndola por guía. Marechal ha sido uno de ellos. Uno de los que supieron caminar hacia la fuente de todo lo Creado, hacia la Fuente de toda Belleza.

Cortázar y los conejitos: “Carta a una señorita en París”


 “Carta a una señorita en París" es un cuento escrito por Julio Cortázar en la década del ’40 que se incluyó en el libro Bestiario de 1951. Tiene formato epistolar aunque se trate de un cuento. Relata la estadía del protagonista en un departamento prestado por una señorita que está en París. Un fenómeno inexplicable, con el que convivía con resignación antes de la mudanza, comienza a intensificarse. El hombre vomitaba  conejitos que, ahora, aumentan en número e invaden el espacio ajeno. La angustia deviene del quebrar el sacro equilibrio de un espacio ajeno. “Me es amargo entrar en un ámbito donde alguien que vive bellamente lo ha dispuesto todo como una reiteración visible de su alma…”
Varias claves se deslizan en estas primeras líneas. Primeramente, cuando se habla de la armonía interna del espacio, se lo califica de sitio “donde alguien vive bellamente”. El adverbio “bellamente” privilegia una percepción más estética que utilitaria del lugar. Además, se propone el paralelo entre el ambiente y el alma de la poseedora, “reiteración visible de su alma”, revelando una analogía entre casa y persona, a la que es preciso atender durante todo el texto. Si el espacio se mide estéticamente, podría tratarse figuradamente no ya de un sitio sino de un producto artístico ajeno, cuyo autor fuera otra persona que el narrador. Las referencias aluden al intelecto y al sentido estético  de la dueña de casa, motivo por el cual es posible inferir que el departamento representa a una obra literaria. Una obra ajena en la que el autor de la carta está obligado a internarse.
Cortázar traductor                      
Cierta crítica se interesa por el referente autobiográfico de los hechos narrados y consigna que Cortázar fue a vivir, efectivamente, a un apartamento prestado  y  que en el mismo momento, el autor estaba en una especie de prueba final en su oficio de traductor. Incluso tenía cierto apremio por culminar las carreras para solventarse económicamente con sus traducciones. En esos días en que compartía su actividad de escribir los cuentos de Bestiario, y las traducciones, el escritor reconoce haber sufrido un cuadro de estrés que le desencadenó algún desequilibrio emocional y psíquico. Él mismo dice, a propósito de “Circe”. "Yo escribí esos cuentos sintiendo síntomas neuróticos que me molestaban.[…] Es el caso de "Circe", por ejemplo. Yo tenía una pequeña neurosis, muy desagradable, que consistía en el temor de encontrar bichos en la comida[…]. El cuento no fue escrito con la conciencia del problema- lo terminé, sin que se me cruzara por la cabeza que ese era un problema personal paralelo al mío. Me di cuenta del resultado porque después de escrito el cuento un buen día me encontré comiendo un puchero a la española sin mirar lo que comía y muy contento y entonces asocié las dos cosas y me di cuenta que había hecho una especie de autoterapia al volcar en el personaje más que morboso del cuento todo el asco, toda la mecánica de la presencia de los insectos en la comida.
El periodo biográfico en que sufre ese pico de estrés termina en 1948, cuando logra el título de Traductor público de inglés y francés.  No parece casual que en “Carta a una señorita..” se mencionen los dos idiomas en los que se entrenaba como  traductor en ese momento. “Aquí los libros (de un lado en español, del otro en francés e inglés), allí los almohadones verdes…”  (Años después también se aventuraría en el italiano.)
El ritmo
El ejercicio de la traducción supone internarse en un “espacio ajeno”, “expresión del alma de su autor”, que tiene una estética y un orden específico. Si la traducción es poética o literaria, hay una dificultad extra. No son conceptos los que se traducen sino conceptos expresados con una forma particular. Un producto literario es en sí mismo una búsqueda de la belleza que la traducción intentará conservar. El traductor debe vulnerar lo menos posible no sólo el fondo sino también la forma del texto.  Compara el narrador el mover una tacita de lugar con el rojo inesperado que rompe una modulación de Ozenfant, o con la rotura de todos los contrabajos en una sinfonía de Mozart. Los paralelos con la pintura y la música invitan a pensar ya no sólo en un producto ajeno y estético sino en una actividad que combine el ritmo y la imagen, como es el caso de la poesía.
Esta mención del “ritmo” descubre un dato fundamental para el autor. En diversos reportajes abordaría precisamente este tema: “Yo creo que el elemento fundamental al que siempre he obedecido es el ritmo. Nadie ha podido explicar qué cosa es el swing. […] El buen auditor de jazz escucha ese jazz, lo atrapa por el lado del swing, del ritmo, de ese ritmo especial. Y mutatis mutandis, eso es lo que yo siempre he tratado de hacer en mis cuentos.” Si ése es un ingrediente fundamental de la literatura, una buena traducción literaria deberá conservar ese ritmo que ostenta la obra en su idioma original.  “[…] aunque la idea, la información esté perfectamente bien traducida, si no está acompañada de ese «swing», de ese movimiento pendular que es lo que hace la belleza del jazz, para mí pierde toda eficacia; se muere.”
Esta exigencia convierte a la traducción en una labor no sólo intelectual sino también artística, mucho más ambiciosa que la de conservar un sentido. Quizá esta concepción sea la responsable del estrés que Cortázar relaciona con los cuentos de Bestiario. “[En la traducción] los valores formales y los valores rítmicos, que está sintiendo latir en el original, pasan a un primer plano. (La) responsabilidad [del traductor] es trasladarlos, con las diferencias que haya, de un idioma al otro. Es un ejercicio extraordinario desde el punto de vista rítmico.”
No obstante el gusto de Cortázar por la disciplina de traductor, la actividad exige un compromiso intenso, inconveniente para abordarse bajo presión y en dos idiomas simultáneamente.
Don poético
El conflicto del cuento es, en sentido literal, la intromisión de los conejitos que se vuelven incontrolables dentro del departamento de Andrée. ¿Qué representa esa imagen fantástica de vomitar conejitos? Un elemento proveniente del interior del narrador, asciende y sale por su boca como un objeto que le pertenece, pero que una vez fuera se independizará.  La mudanza y el desafío de adaptarse a un sitio ajeno, reflejan  la actividad de traducir, en lo que ello tiene de habitar un texto ajeno y adaptarse a él.  Vomitar un conejito propio sobre espacio foráneo sería minar con una impronta personal de escritor el texto que se traduce. Los  conejitos podrían ser sus propias ideas, sus propias imágenes, su propio ritmo aplicados a los hechos narrados. Tal vez  también aluda a los textos literarios que se escriben mientras el traductor debiera aplicarse a traducir.  
 “Como un poema en los primeros minutos, el fruto de una noche de Idumea: tan de uno que uno mismo… y después tan no uno, tan aislado y distante en su llano mundo blanco tamaño carta.” Así explicita Cortázar la analogía entre conejos y poemas. El misterio comienza a ceder: se trata de textos.Este mismo cuento podría ser uno de esos poemas/conejitos. “En su llano mundo blanco tamaño carta”. En tal caso, mientras se traduce irrumpen textos propios que distraen la atención del traductor para hacerlo trabajar en objetos que salen de sí mismo. La náusea y la venida de un nuevo “conejito/poema” no pueden ser eludidas por el narrador. La creación es caprichosa e inevitable para el poeta.
Exigido por esa vigilia perpetua a que lo obliga a esconder la presencia de ya diez conejitos royendo los muebles y haciendo del departamento un basurero,  renuncia a la vida social y se aísla. Pierde la noción del día y la noche y retrasa sus traducciones. En sentido figurado, lucha el traductor contra las contaminaciones propias de su traducción. Sin embargo, resiste. Pero pronto un hecho desequilibra el frágil órden: emerge el conejito número once, y con ello rebasa la tolerancia del protagonista. El asunto se le ha ido de las manos. “En cuanto a mí, del diez al once hay como un hueco insuperable.”
El narrador se siente perdido. Experimenta la sensación de no tener control sobre su condición. Los poemas/conejitos emergen incontrolables. Es lo desconocido, lo inconsciente quien toma dominio del poeta cuando el poema “asciende”. Ese conejo nuevo abre el universo a latitudes desconocidas e inquietantes. La angustia que produce la incapacidad de detener la erupción de nuevos conflictos latentes y dormidos en el inconsciente dicta al narrador la necesidad de acabar con todo. Y el “todo” lo incluye, porque esa afición de crear no es algo que pueda elegir el poeta. El narrador reconoce desde un primer momento que no es un acto voluntario el de vomitar conejitos. Por tanto, si desea aniquilar aquel producto, debe aniquilarse a sí mismo. Es entonces cuando se anuncia el suicidio. La muerte del narrador es un intento de expulsar al creador para que quede sólo el traductor. Aunque si muere ese don, morirá también él. La condición de poeta es involuntaria e irrenunciable y de ella se alimenta el traductor.
En suma, un cuento como “Carta a una señorita en París” promueve un extrañamiento casi insuperable, pero algo salva al lector atento: una clave magistral se desliza sugestiva. La mención a “Como un poema en los primeros minutos, el fruto de una noche de Idumea…”, extraída del célebre “Don del poema” de Mallarmé nos invita a revisar lo que el autor francés ha dicho. La faz dolorosa del acto creativo, la soledad en que se sume el poeta y la imposibilidad de rechazar aquello que es una condición irrenunciable son claves para comprender el cuento. Se es poeta con la fatalidad de un sino ineludible, de una voz que se resiste al silencio al traducir, y que acecha peor cuanto más se trata de acallar.