domingo, 12 de mayo de 2019

Crónica Simposio Warburg


Simposio Internacional Warburg
Durante la semana del 8 al 13 de abril la Biblioteca Nacional fue sede de un Simposio Internacional convocado en conjunto con el Instituto Warburg. Esta entidad perteneciente a la Escuela de Estudios Avanzados de la Universidad de Londres, está dedicada al estudio y difusión de la iconología, una disciplina fomentada por Aby Warburg, pero también de su valiosísima colección bibliográfica.
Investigadores de varias latitudes disertaron iluminados por saberes de diversas áreas.  Historiadores del arte, filósofos, expertos en Letras, antropólogos, psicoanalistas, arquitectos y fotógrafos trenzaron sus exposiciones en una muestra de los haces gnoseológicos múltiples que suscita el trabajo del investigador hamburgués.
Warburg
Aby Warburg fue producto de una familia de banqueros judíos alemanes, que luego habría de migrar a causa de la persecución nazi. A él le correspondía hacerse cargo de la dirección de los negocios familiares pero declinó el derecho de primogenitud en favor de su hermano Max, con la única condición de que no se le negaran los fondos necesarios para comprar libros. Así fue armando una de las más nutridas bibliotecas. Sus estudios en Alemania, Italia y Francia integraron nuevos temas y libros para la colección. El enfoque trascendió la Historia del Arte y se abrió a la religión, el mito, la filosofía y la literatura.  El interés de Warburg por la tradición occidental se amplió hacia otras culturas  derivando en una historia de la imagen, que su discípulo Panofsky titulará “iconología”.
La obsesión que signó la carrera de Warburg fue el fenómeno de supervivencia de algunas fórmulas de expresión  (“pathos” o emociones universales) en la historia del arte. A medida que estudiaba e iba desentrañando las diferencias de recepción de la estética antigua en Italia  y en los países nórdicos,  fue descubriendo que algunas posturas de los personajes representados, podían ser utilizadas para sensaciones profundamente diferentes. Hasta polares. Una fórmula (el ademán de un personaje retratado) que expresaba crueldad se conservó  para ser luego revertida en la acepción de un acto de piedad, por dar un ejemplo.
El historiador del arte concibió así su plan de describir el curso de la historia mediante el uso de las imágenes, pero una enfermedad psiquiátrica lo confinó desde 1918 hasta 1923 en una Clínica para enfermos mentales de la cual egresó de un modo curioso. La extravagancia estuvo en el salvoconducto. Con un diagnóstico impreciso pero siempre cercano a la esquizofrenia, Warburg le propuso a su médico personal disertar académicamente ante una junta médica sobre algún tema teórico. El objeto era acreditar la lucidez de la que era dueño y la exposición finalmente versó sobre un viaje que había hecho varias décadas antes, al que él mismo llamó “el viaje de mi vida”.  Gracias a la conferencia dictada dentro de la clínica, los profesionales se convencieron de la decisión y aprobaron el alta médica. No obstante, no fue el hilo de la historia lo que intentó descubrir en aquella ponencia que hoy se conserva con el nombre de “El ritual de la serpiente”. Quiso observar mediante qué mecanismos rituales sobrevivían al miedo los indios Hopi o Navajos.
La descripción del ritual que lleva por nombre el libro no deviene de su experiencia. No pudo asistir a esa celebración como testigo: lo conoció mediante relatos. Sin embargo, describe el ritual en que la fuerza primitiva y mágica encarnada por la serpiente, era tomada y llevada a la boca de sus hierofantes o sacerdotes. Esa acción, como el episodio en que Hércules olímpico desollaba al león de Nemea y se calzaba su cabeza y su piel sobre la cerviz, significaba la asunción de la fuerza misteriosa de la serpiente, de su naturaleza mágica, como complemento perfecto de las capacidades racionales y prácticas de la tribu. No había allí una escisión entre el pensamiento lógico, y la visión metafórica o simbólica de la vida. Por ello, el ofidio mítico produjo en Warburg una unificación entre la lógica y la magia.
 En el ámbito académico europeo, y en el círculo familiar en el que se crió como hijo de banqueros,  se habían sepultado el mito, la magia, y el conocimiento por medios analógicos.  Entre los indios, en cambio, la mirada racional convivía sin contradicción con la percepción mítica y eso permitía integrar y enfrentar los miedos. La evocación de su estadía con el pueblo originario portó a Warburg la certeza de que no convenía subestimar las concepciones mágicas. Y, en cambio, sí superar la dualidad propia del pensamiento cientificista y binario del siglo XIX y XX.
De regreso de la clínica se abocó nuevamente a su plan de retratar la historia por medio de imágenes.
El “Atlas Mnemosyne”, su última obra, quedó inconcluso a causa del deceso de su autor en 1929. No obstante, se convirtió en una usina de trabajos críticos. “Mnemosyne”, como se llama en la mitología griega a la musa de la “Memoria”, es el mayor legado de Aby Warburg. Y sigue suscitando lecturas variadas como las que se han manifestado en esta ocasión.
Diversidad
El Simposio, celebrado en este caso en la Ciudad de Buenos Aires tuvo su soporte artístico en el Museo Nacional de Bellas Artes con una muestra que se inauguró durante la misma semana del evento celebrado en la Biblioteca Nacional, pero continuará abierto al público unos días más.
La diversidad de las exposiciones fue la fortaleza del Congreso. Los temas oscilaron entre aplicaciones prácticas de la metodología warburguiana sobre objetos artísticos diferentes; reflexiones sobre los conceptos clave de su pensamiento como “Nachleben” (supervivencia de la imagen) y “Pathosformel”; estudios de las imágenes emblemáticas que toma el investigador para desarrollar su teoría: la ninfa y el movimiento; el misterio de la serpiente y su simbología;  las constelaciones y la lectura mágica del cielo. Varias ponencias estuvieron dedicadas al “Atlas Mnemosyne”. Otras abordaron las influencias de su obra en investigadores posteriores. Conexiones ideológicas y diferencias entre la teoría de Warburg y el trabajo de otros intelectuales como Benjamin, Nietzsche, Cassirer, etcétera, también se dieron cita. Conferencistas destacados como  Paul Taylor,  Cassio Fernandes, Martin Trem, Gerhard Wolf Horst Bredekamp, Regina Weber, Luiz Carlos Bombassaro,  Davide Stimilli, Uwe Fleckner, José Emilio Burucúa y Laura Malosetti Costa prestigiaron el evento.
El profesor Bill Sherman (director del Instituto Warburg de Londres) describió desde los proyectos edilicios del Instituto hasta detalles sobre la mecánica de compras, los servicios que presta y el contenido de la colección.
Promediando la semana se celebró el homenaje a un gran warburguiano, formador de investigadores, profesor, historiador del arte y poeta: Héctor Ciocchini. El celebrado docente fue uno de los responsables de la estrecha relación que la academia argentina sostiene con el Instituto Warburg de Londres. Ése fue quizá el momento más emotivo  del encuentro. Le dedicaron palabras José Emilio Burucúa, colega y amigo personal del maestro; Federico Ruvituso, joven investigador, que sin conocerlo aportó una anécdota sobre la relación entre su abuelo y Ciocchini;  Ezequiel Ludueña, que resaltó la humildad del maestro.  Y Laura Rosato, quien lo asistía en sus búsquedas bibliográficas en la Biblioteca Nacional desde los dieciocho años (y a quien Ciocchini le confió para su lectura uno de los últimos textos que escribió), conmovió con la descripción del vínculo de amistad nacido de la admiración y de compartir una tarea intensa como la investigación.
Hacia el final del evento se proyectó un film.  Y se dio cierre a un Simposio bien organizado por un equipo a cargo del Doctor Roberto Casazza. El resultado fue, en suma, nutricio, diverso y original.