domingo, 15 de diciembre de 2019

Nota de Caldenia sobre "Mapa oscuro" de Susana Slednew


Mapa oscuro
de Susana Slednew
El nuevo libro de Susana Slednew, que lleva el título de “Mapa oscuro”, surge desde la experiencia del taller de escritura creativa  en una Unidad Carcelaria. La poeta podría haberse conmovido por el contacto con los reclusos desde una empatía tibia que la posicionara como simple espectadora de esos destinos. Pero no.  Lo que sucede es mucho más intenso. La aventura modifica su espíritu. “Ahora sos esta mujer/ empapada de encierro”, dice la poesía.
El libro retrata especialmente los pasos de la transformación interior.
“¿Una condena es hacia adentro o hacia afuera?” Así se explicita la existencia de los reinos entre los que cabalgará el poemario desde el punto de vista espacial. Pero es también una invitación a pensar en la dicotomía adentro/espíritu y afuera/ entorno.
El espacio se propone como clave desde el mismo título. Si hay un mapa, será porque hay un recorrido que hacer.
En el inicio, los temores. “¿Cuánto durará la batalla/a favor de la ingenuidad?” se cuestiona la voz poética. La pregunta desnuda la dificultad que signó el decidir si aceptaba o no la invitación.  Por lo visto, ganó la “ingenuidad”, tal como califica el texto a esa ilusión de poder cumplir la tarea. Un proyecto de cierto riesgo, casi destinado a decepcionar. Quizá fuera una “ingenuidad”, pero la poeta decidió tomar el mapa oscuro y aventurarse en la travesía.
Mapa
Si hace falta cartografía para recorrer un espacio cerrado será porque es laberíntico, al menos ésa es la conjetura natural que la sensibilidad lectora hace.
El espacio exterior desaparece en cuanto la autora atraviesa los controles. Allí, como si se pusiera una máscara para tratar incluso con los guardias, pierde transparencia y oscurece el semblante. Se tensa su actitud.
Los muros se angostan como en una pesadilla, avanzan sobre ella a un punto asfixiante. Es el mapa de un laberinto que en cualquier momento toma vida y le impide la salida. Este temor fundamental está supuesto en la idea de laberinto.
Es inevitable evocar el mito en que Teseo libera al pueblo, del yugo del Minotauro. La prueba consiste en tratar con la otredad del monstruo, que encarna todo lo que está en nosotros y rechazamos, como una proyección de las tendencias vergonzantes de la sociedad.
El Minotauro es hermano de Teseo (su padre verdadero era Poseidón); y la misma Ariadna, comparte madre con la bestia. Los vínculos sugieren en el mito que el monstruo no es una criatura foránea. En cambio, representa lo más censurado y propio del grupo de pertenencia.
Los barrotes invitan a la división entre buenos y malos, como lo hace el laberinto. A segregar tendencias que quizá el hombre libre también posee   ̶ aunque mantiene ocultas, en cambio de expresarlas por medio de la violencia y el delito ̶  .
Ariadna guía a Teseo para hallar la salida: con el hilo en mano, él debe desandar el camino que hizo pero en sentido inverso. Esto mismo reproduce cada viernes la poeta.
 La acción de regresar sobre sus pasos remite a la reflexión, a pensar en los hechos pasados. Mientras los condenados no comprendan qué los llevó a enterrarse en este laberinto, podrán salir, pero no habrán comprendido.
Slednew comienza a abrir los oídos a las palabras del adentro. Esos seres ya no son tan diferentes.  Por eso “ciertas palabras te alcanzan/ las estás viendo ahora por el retrovisor.”
Catábasis
El espacio aparece como en un sueño circular. En la medida en que se atraviesa una puerta que se cierra de inmediato con tintineo de llaves, guardias y poeta se dirigen a otra más adelante y repiten la acción de franquearla y verla clausurarse en un segundo.  “Abrir / tras el haber cerrado/ pesa / como una armadura de miedos.”
Los pasadizos se abren por tramos y el viajero se interna emulando al mito de Orfeo y su visita al Infierno.  Si a la poeta se le permite el paso es, como a Orfeo, gracias a la poesía. Si el héroe antiguo recibía los sucesivos permisos para ir atravesando estancias del Tártaro era porque su canto sonaba extraordinario. La poesía le abría las puertas, del mismo modo que se las abrirá a nuestra poeta.
El ir enterrándose en el interior del Infierno es lo que trae la Muerte al escenario. Tal vez el verbo “retumbar” que se utiliza en poemas siguientes sea, más que el eco que retumba, un modo de describir la acción de enterrarse en la propia tumba. Así se utiliza popularmente el sustantivo “tumberos”.
La finitud se percibe allí pero también se internaliza “pesa / esa miseria en tus huesos/ por el sendero de los paraísos.”
Al ver un duelo particular y pensar en otros que la poeta recuerda del afuera, el yo poético despierta aún más a la realidad de que todos tenemos el mismo destino. Este concepto animó mascaradas típicas de la Edad Media a las que se denominaba “La danza de la Muerte”. En esas ocasiones, se les recordaba a los poderosos que algún día perderían sus privilegios a causa de la más democrática condición humana: la mortalidad.
La muerte inexorable más allá del estamento social desplaza al miedo, que le deja espacio a la empatía. Sobreviene, como consecuencia, la mirada romántica.
“La puerta clausura/ el lenguaje binario de las rejas”. Una vez fuera y a partir de la empatía,  resuena en la sensibilidad de la poeta lo que se ha dicho o escrito dentro. No extraña que califique de “romántico“, su espíritu.
¿A qué se refiere con la mención del movimiento literario o de la acepción popular de ese término? En este caso, a la esperanza de que todo vaya bien y que la irrupción de la poesía algo pueda mejorar.  Ese “romanticismo” ahora resiste el sentido realista, de pies sobre la tierra, y cuestiona con la actitud esperanzada a quienes prefieren conocer estas realidades, pero prudentemente, de lejos. 
 Las rejas dividen a los hombres buenos de los malos adentro. Ésa es la mirada desde el miedo. Pero existen otras posibles. El Romanticismo, surgido en el siglo XVIII, exaltó la subjetividad y buscó comprender a los excluidos, a los condenados por la sociedad, a los diferentes.
Cuando la poesía deja de ser una extranjera en la cárcel “La poesía/ ha llegado como extranjera: / poco a poco/ se hace entender”, comienzan a diluirse los límites. “Mientras tanto/ la línea que es difícil de ver/separa el bien del mal/ como quien aparta los ingredientes sin calcular con precisión los resultados.”
Aire
A medida que avanza el libro va ganando fuerza el elemento aire y retirándose  la asfixia. Los pájaros, el viento, la visión de los árboles son todos aspectos que van re-significando la experiencia exterior de la poeta. “Ya en tu casa, por tu piel el agua tibia/ el confort tiene ahora otro precio/ que no se paga en un vencimiento.”
Una simple ducha caliente, por contacto con el “adentro”, se ha tornado una bendición.
La imagen de un preso con un arma se opone a la de otro recluso,  con un cuaderno. ¿Qué vale más allí dentro para conquistar la libertad?
“Un poema/también es un exilio”
El aire es el elemento de la libertad, aunque asimismo del pensamiento. En muchos otros artistas la imaginación se torna el escape a cualquier restricción.
Si hay un pasaje emblemático de esta valencia es una escena de Fray Servando Teresa de Mier en El mundo alucinante de Reinaldo Arenas. Encadenado tan hiperbólicamente que finalmente ceden los cimientos de la cárcel por el peso del metal, el fraile, célebre escapista, puede viajar adonde quiere a pesar de la paranoia de sus captores. Y lo hace por el aire, con la imaginación.
La impotencia de los guardias se manifiesta todos los días en una nueva cadena hasta que su peso derrumba el edificio de la cárcel. El sentido de una pregunta de Slednew suscita la misma impresión: “¿Cómo se condena/ a la mente/ que escapa?”  Nada nos hace más libres que la capacidad de volar con la imaginación.
El aire convoca la transparencia. Varios objetos exhiben su condición volátil. El polvo, los pétalos, el viento y, luego, los poemas se tornan expresiones de lo aéreo. El vuelo proclama la conquista de la libertad.
 “Vos ya sabés/ que a veces la vida/ se presenta como un ala.” Tal vez ésta sea la forma de conjurar la asfixia que irrumpió en el ingreso a la Unidad Carcelaria. Ahora regresa el aire, se pone en marcha la vida.

Poesía integración
El uso de la segunda persona, un rasgo característico de las vanguardias concurre a muchos de los poemas. Se trata de un desdoblamiento del sujeto lírico. En algunos poetas reproduce la necesidad psicológica de tener un interlocutor, de combatir la soledad. Susana Slednew utiliza esta perspectiva como si de entrada se hubiera dejado inundar por la soledad de quienes están condenados.
El recorrido de la memoria al olvido es otra prueba de la evolución de conciencia. Al principio,  “como tantas veces/ el recuerdo de un lugar querido/ viene a salvarte” la memoria es una herramienta para huir de lo que duele. Pero después, “lo que sostenía/ era la memoria/ ahora te parece/ que la condición de seguir/ es el olvido”. La voz poética necesita olvidar, como otra muestra de la transformación interior que sufre mediante el contagio de sus alumnos. Así como desea dejar atrás un gran error quien lo cometió, la poeta también quiere olvidar. Quizá el límite tajante entre condenados y libres sea parte de lo que ella anhela dejar atrás.
 “¿quién pudiera sobrevolar/ entre tu casa y la cárcel/ vería poemas” […] “vienen y van / como volantas”
Las “volantas” y la imaginación libertaria serán las encargadas de desdibujar el límite tajante de los barrotes. 
Lo que resulte habrá de ser una firme confianza en la poesía:
“ésta es tu manera de la fe/ algo así/ como dejar lo incierto/ frente al viento/ y que la poesía responda/ el próximo viernes/ hoy/ o ayer.”
La ingenuidad, con que el miedo califica la decisión de la poeta a aventurarse, se ha ido. Se ha ido también la Esperanza romántica en que la poesía pueda mejorar algo. Ahora no es una ilusión para el futuro. Es la Fe poética, en tiempo presente. La convicción profunda de que existe un poder transfigurador en la poesía. Un poder que transforma a todos los que toca.


Nota de Viejo Mar sobre "Mapa oscuro" de Susana Slednew


Susana Slednew Mapa Oscuro
El nuevo libro de poemas de Susana Slednew, con el título de “Mapa Oscuro”, nació de la aventura que emprendió la autora al dictar un taller de escritura en una Cárcel.
Invitada por el poeta y siempre activo promotor de eventos culturales, Mario Lóriga, y acompañada por otros autores, Slednew se animó a la experiencia.
Debió haber deliberado bastante la decisión. Como si hubiera dudado de que la Poesía, con su sutileza, pudiera sobrevivir en un ámbito hostil y atraer a los convictos hacia sus brazos amantes. La autora debió haberse resistido hasta que cedió a la empresa, por malas perspectivas que hubiera previsto. “Te preguntas/ cuánto durará la batalla / a favor de la ingenuidad. Si disponerse al plan comienza siendo una “ingenuidad”, esa calificación evolucionará: “La poesía/ ha llegado como extranjera: / poco a poco/ se hace entender”.  Ya el iluso optimismo convierte la ingenuidad en esperanza. Cuando los condenados puedan hablar el lenguaje de la poesía, ya no será crédulo apostar al poder de la palabra. En todo caso, habrá de ser la expresión de un “espíritu romántico”, una de las formas de la Esperanza en la labor misteriosa de la Poesía. Luego incluso tal vez se atreva a la Fe plena en ella.
En viaje
“¿Una condena es hacia adentro/ o hacia afuera?” reza el texto, explicitando en qué dos planos ocurrirá la peripecia. El contrapunto no sólo se refiere al adentro del encierro y el afuera de la libertad. También remite al adentro de las emociones y al afuera del entorno.
Las sensaciones que va atravesando Slednew en sus visitas semanales a la Unidad Penitenciaria quedan cristalizadas con innegable belleza en los poemas siguientes. Primeramente, la opresión y el temor que siente al ingresar por esos pasillos sucesivos que se abren y cierran por partes “abrir tras haber cerrado pesa como una armadura de miedos.”, resalta la percepción del espacio laberíntico para quien se interna hasta el centro infernal del encierro.
En el ingreso, el ambiente enrarecido la obliga a esconder su vulnerabilidad, y defenderse mediante una máscara hierática. “Un poco/ de la transparencia que traés/ cae ahora.” Ni los guardias que controlan la entrada deben descubrir su miedo.
Ya dentro, retrata un mundo binario en que los barrotes dividen las aguas, entre el reino del Bien y la región soberana del Mal. Esa cesura, que en el afuera no existe, va mostrando cada vez más su sinrazón. Prima en el adentro la percepción de que, entre las alas que poda la prisión está la posibilidad de cambiar. El estigma.
 En cuanto la autora retoma el curso del afuera, “la puerta clausura/ el lenguaje binario de las rejas.”  La región donde abunda el aire, la recibe ahora acompañada de las palabras dichas dentro, resonando una y otra vez en ella.  Esas voces comienzan a transformar su visión.
Algo, quizá alguno de los poemas escritos por los presos, introduce la idea de la muerte, y eso lleva, ya fuera, a que la poeta concluya: si ante la muerte, todos somos igualmente vulnerables, es que la diferencia entre unos y otros no ha de ser esencial. Los límites no serán tan tajantes. “Mientras tanto/ la línea que es difícil de ver/ separa el bien del mal/ como quien aparta los ingredientes sin calcular con precisión los resultados.”
Ése es el momento en que el adentro se filtra en la vida de la autora y sale de la prisión para convertir su mundo. Los presos, también modificados por obra de la poesía, influyen en la concepción de realidad de la poeta. La llevan a valorar su cotidianidad. “Ya en tu casa, por tu piel agua tibia/ el confort tiene ahora otro precio/ que no se paga en un vencimiento.”
La asfixia cede porque el aire anima la vida, eso es lo que dona el taller a los hombres confinados: “Vos ya sabés/ que a veces la vida/ se presenta como un ala”. Pero no son ellos los únicos que reciben y se transforman.
El mapa oscuro es el retrato de un viaje arquetípico que la literatura registra muchas veces. Un viaje que comienza internándose en un Infierno interior o exterior, en el que el viajero sufriente aprende, comprende y  hace carne sus limitaciones para luego emprender el ascenso, la conquista del aire; de la libertad, desencadenada del pasado. Por eso es una redención. Es preciso hacer memoria para después sanar por el olvido. Así cambia el paisaje haciendo, de un encierro en el que no hay posibilidad de salvarse, una escalera. Y el sufrimiento cobra sentido porque conduce a algo. Esa liberación, tanto en Mapa Oscuro como en los antecedentes de la tradición, ocurre mediante el vehículo de la Poesía. A través de los peldaños de la Palabra.
En el punto de llegada, vemos la pregunta: “qué es / lo que me fue quedando/ mientras anduve/ de un lado al otro de la sombra?”  Ese poema impreso excéntricamente sobre la contratapa  exhibe, en su disposición, la continuidad entre literatura y vida porque la poesía continúa más allá del final del libro. En ese mismo poema también se responderá: “este llavero/ de piedras claras / se lo cambié a quién?”, como si todo se resumiera en haber donado el conocimiento de la Poesía como moneda de cambio, para comprender el valor de la verdadera libertad. Las llaves  ̶  las claves ̶  que abren definitivamente la jaula interior.





Sin embargo, la experiencia vivida fue motivo de un poemario refinado, emocional y, como es habitual en la poeta caxtense, filosófico.


Nota de Viejo Mar sobre Un ademán de sol de Morisoli


Un ademán de Esperanza
“Un ademán de sol” es el nuevo libro de Edgar Morisoli. Hecho en partes iguales de poemas e imágenes forjadas por ilustradores muy diversos, el libro se permite una calidad que no es habitual en estos tiempos de crisis editorial. Y así como no renuncian sus editores, tampoco cede la voluntad del poeta, que sigue escribiendo con la misma disciplina que lo distinguió siempre. 
En los últimos años Morisoli ha propuesto a sus lectores un concepto diferente del libro de poesía. Como si se tratara de un objeto de culto, una pieza destinada a convertirse algún día en una valiosa antigüedad.
La forma del libro/objeto no hace más que retratar el fondo que edifica la poesía. En este caso, “Un ademán de sol” reúne poemas muy diferentes cuyo punto común es la reflexión sobre lo que significa la actividad poética para el autor.
En efecto, la función social y trascendente del acto de escritura y de lectura de la  lírica  es la reflexión central.
En ocasión de una presentación anterior, el poeta propuso una cuestión teórica: el “tema” y el “motivo” del poema. Los temas vitales de cada autor suelen ser un puñado. Son preocupaciones permanentes del poeta. Ejemplos de ello  serían el abuso de poder o el desamor, por citar dos.
Los “motivos”, las circunstancias con que se plantean esos “temas”, pueden ser muy diversas. Así, cualquier circunstancia ocurrida en Oriente u Occidente, en el siglo XVIII o en el XXI puede servir para hablar de la esencial tendencia humana a excederse en el ejercicio del poder.
En el “tema” del amor fallido, obra de “motivo” cualquier historia individual que reproduzca la falta de atención, de cuidados y cierto maltrato de un amante.
En este nuevo libro, Morisoli vuelve a reflexionar sobre la naturaleza y la función de la Poesía. El tema que subyace a toda la selección es la Poesía como imagen de la Esperanza. Esperanza de combatir, resistir y doblegar las injusticias sociales, pero también la Esperanza trascendente, que incluye el misterio del ser y de la muerte que el hombre en vida no puede abordar sino por la poesía y el arte.
Pero los “motivos” irán desde la historia del fraile Mariano Aspiazu, perseguido por un Virrey, hasta el mate recibido como obsequio de una familia de puesteros del Oeste, pasando por un Juan de Yepes que no es sino el poeta San Juan de La Cruz ponderando esa oscuridad apenas previa a la irrupción de un amanecer del alma. Como si el autor de “Un ademán de sol” nos dijera por intermedio de un poeta del Siglo de Oro español que no hay oscuridad que justifique la falta de Esperanza.
Cruzan en el texto con idéntica importancia anécdotas personales y figuras rutilantes de la literatura y la historia. En todos los casos, el poder restablecedor de la poesía se da cita. Y este hecho quedará enunciado directamente en la presentación de su obra, cuando Morisoli diga: “Creedme: La poesía cura los agravios del alma. La poesía restaura la belleza del mundo frente a los embates del odio y de la arrogancia del Poder.”
“Un ademán de sol” es una convocatoria de la luz, del calor, de la vida que constituye el efecto del sol sobre lo creado. Cada llamado poético será un nuevo “ademán de sol”, un restablecimiento de la Esperanza.
Si el “tema” es la Poesía o la Esperanza, que constituyen, para Morisoli, una sinonimia, sea cual sea la inclemencia que aqueja, (el hambre, el rumor silenciado de las víctimas o la misma condición mortal de nuestra especie) la Esperanza es, como el ejercicio de escritura para el poeta, irrenunciable.
En el evento de presentación de “Un ademán de sol” se hablará  de la dicotomía “utópico/apocalíptico y dionisíaco/apolíneo con que se categoriza el devenir de las artes. Quizá el tema de la Esperanza explique el hecho de que Morisoli se sienta utópico y no apocalíptico, dionisíaco y nunca apolíneo.
La Esperanza lo lleva a pensar en el sitio perfecto, terrenal y perfecto, que imagina Santo Tomás Moro en su libro “Utopía”. Y también decide ilusionarse con la mirada dionisíaca que rebasa la realidad perceptible, que elude el límite de lo que retratan los ojos del presente. En cambio, se ordena a creer en la justicia que no se ve en el aquí y ahora, pero existe y espera en algún sitio y en algún tiempo…
“La esperanza hay que chairearla                                                                                
 de cuando en cuando,                                                                                             
por si hay que afrontar las penas
 salga cortando”






Nota de Caldenia sobre Un ademán de sol de Edgar Morisoli


“Un ademán de sol” para germinar la poesía
El 9 de noviembre fue la fecha elegida por Edgar Morisoli para presentar su nueva obra, que lleva por título “Un ademán de sol”. Ediciones Pitanguá se encargó de materializar una publicación de calidad; y fueron varios los ilustradores que participaron con su arte: Paula Rivero, Marta Arangoa, Osmar Sombra, Dini Calderón, Raquel Pumilla; y del archivo fotográfico de Juan Pablo Morisoli, se sumaron también imágenes.
El libro reúne textos líricos que el autor reconoce típicos en su producción por tratarse de “poemas de gestación gradual”, lo cual significa que no corresponden a un mismo periodo, sino que son aquellos que han ido encontrando su forma definitiva y, como consecuencia, ingresaron en la selección.
Las producciones son heterogéneas pero los asuntos regresan sobre los temas vitales del poeta. Especialmente la naturaleza y el valor de la Poesía. Esa unidad detrás de lo diverso se manifiesta desde el mismo título, que nos habla de “[una manera […] de decir y vivir la poesía,/ un ademán de sol frente a la bruma/ de los años. “
Memoria y Compromiso
En “Somos nuestra memoria”, uno de los poemas, la persistencia de ademanes de sol es una manifestación de la memoria cuando se torna la espada con la que se combate a “los empresarios del olvido.” Hacer poesía es recuperar la memoria, beber con verdadera sed desde el brocal, como si fuera un pozo de agua, de recuerdos, al que la conciencia se asoma al escribir. Es compromiso y resistencia contra las injusticias de la vida, “…porque el mero soñar ya implica resistir.”
Escribir o leer poesía (hacer memoria) será, en tal caso, un compromiso con las causas comunitarias y la resistencia por la palabra. “Cantar. Seguir cantando/ de cara a las miserias y al olvido”.
Una ponderación a la prensa  “insumisa” homenajea no sólo a Mariano Aspiazu, fraile ecuatoriano que huye de la persecución del Virrey en tiempo de las guerras de Independencia. Edgar ve, detrás de la figura de Aspiazu, “una misma cuerda vibrante” trasversal a  la historia de la prensa que no calla ante el poder.
La imagen de la cuerda no es azarosa. El mismo Morisoli confiesa cuál resultó la reflexión que lo llevó a escoger el título de “Un ademán de sol”. Cada año, cuando llega el 24 de marzo, se rememora el hecho aciago del golpe militar que inauguró la última dictadura argentina. En Santa Rosa, y por iniciativa de la Asociación Pampeana de Escritores  y la Biblioteca Edgar Morisoli, se instala en la Plaza San Martín un cordel de donde se cuelgan textos y dibujos que el público aprecia una y otra vez.  Para el poeta esos “gestos luminosos” ligados a la poesía, que recuerdan las “Coplas de los ciegos” de la tradición española, son ademanes de sol, expresiones de la memoria colectiva, chispas de luz en medio de un ambiente brumoso de egoísmos presentes y de violencia pasada. Como quien  orea y blanquea sus “trapos al sol”, la sociedad saca ese día sus dolores, sus recuerdos, su capacidad de resistir la injusticia y celebra la poesía.
“Mariano Aspiazu vive y alienta todavía en el noble linaje de la prensa insumisa, heroicas redacciones que libran día a día su desigual batalla por todo el continente mientras ardan los leños de la Utopía de América”
El humanismo americano es objeto de estudio permanente de nuestro autor y en este caso se torna motivo para hablar de una de las funciones esenciales de la poesía, según su visión.

Misterio
Pero la poesía no será solo un “arma cargada de futuro”. En la concepción que sostiene Morisoli también implica un andar detrás de los enigmas, la búsqueda de iluminación. Y eso resulta de la vocación que no se puede rechazar. Por eso dice:
“Un poeta no puede mentir. Un poeta no puede/ ocultar ni ocultarse, porque su corazón/ es casa de la vida, brújula de verdad y de belleza […] y su sino es cantar, izar al tope/ del mástil la más verde rama del cancionero.”
Quizá la clave más sugestiva esté en “El advenimiento”:
A partir de un epígrafe del poeta cubano Cintio Vitier (“…toda poesía me parece el umbral / de un advenimiento mayor e inabarcable.”), construye Morisoli su texto.
“¿Y qué adviene después? ¿El misterio/del mundo, las preguntas a la Esfinge, el secreto diálogo con la noche o la llanura, el rumbo/ de los sueños (que quizá son los mismos de hace diez o cien siglos), la sed desesperada de belleza, / el hambre de justicia y equidad en la Tierra, / la demanda agonal de que un instante/ ̶ un momento entre todos los momentos que hilvanan una vida ̶ / alcance un resplandor mayor e inabarcable?
En este sentido de iluminación y expansión del entendimiento, el poeta cita a San Juan de la Cruz como actitud de Esperanza poética. Esperanza de ser iluminado aun desde el rincón más oscuro de la noche.
Cada vez que se expresa el deseo de iluminación, el ademán de sol  convoca la “vera luz”, la luz que es claridad pero a la vez Esperanza. Que es luz y fuego y calor. El ademán es, por tanto búsqueda del misterio, un secreto diálogo con la Naturaleza, una expresión de los sueños más íntimos, la apertura al misterio, a lo inabarcable.
La más célebre obra de San Juan de la Cruz es  “La noche oscura” donde el camino místico de la iluminación ocurre desde la más cerrada oscuridad. Ese dato es, en sí mismo, una proclamación de la Esperanza.
Morisoli lo dice así:
“Me puebla la esperanza/ como una multitud de luminarias que disipan lo oscuro / y en la gracia del canto desafío/ las mudanzas del tiempo./ No hay dudas que cabalgo/̶ como tú, como todos̶  sobre la gran marea de enigmas que es la vida, / que es el amor, y que a su impulso alcanzo/ impensadas riberas, últimas intemperies/ desde las cuales me rescata el canto,/ y empero, aunque es de noche,/ con él entre los labios prosigo mi camino.” 
Como si Manuel Altolaguirre, el poeta español fuera quien le acerca a Juan de Yepes, lo menciona en esta apología que hace de la poesía.
En “Umbral invisible”, dedicado a la poeta Laura Carnovale, autora de Tengo un cielo en mi cocina, se canta a la intimidad gestada en torno  de y por el fuego nutricio.
El poeta define ese centro ígneo como un “ara”, un altar profano, centro indiscutible de las hierofanías. En muchas culturas primitivas se hace presente el centro como un sitio por el que se pueden transitar en ascensos o descensos las diferentes dimensiones de lo real.
Este poema pondera la amistad. Y el fuego, la cocina, el mate representan un modo de abrir la puerta emocional a otro ser, dejarlo “transponer ese umbral invisible” que separa el mundo exterior del interior. En torno de ese ara se internaliza a alguien, se lo suma al corazón, se lo alberga dentro.
En “La vera luz”, “El fuego, nuestro fuego, no ardió en vano” remite, según la dedicatoria, a quienes participaron  de “La joven poesía” y aún continúan enhebrando, como muchos otros, “sus pacientes agujas/ para seguir bordando los sueños, la esperanza, / el tapiz cotidiano de la vida, la vera luz del mundo.”
Una historia de encuentro entre Manuela Sáenz, amada de Bolívar, “La libertadora”, y el escritor Herman Melville también se da cita en el libro. Manuela representa la epopeya viva de la América hispana.
Por medio de la figura de Raúl Zurita, poeta chileno, Morisoli vuelve al elogio de la poesía y a la condición de poeta.
Una analogía que ya se había dejado ver en otros libros regresa aquí como el símbolo del amor romántico. El florecimiento del jardín hace presente a Margarita.
“Coplas de pie quebrado” enaltece la escritura/ lectura como único consuelo al dolor. Y lo hace con el código de la poesía más popular. En “Manual del soñador” se revela el carácter de resistencia que implica soñar.
Germinación
Pero es en “Hombre que escribe versos” donde se explicita la metáfora sutil que domina el libro. Se trata de la germinación, del poeta como planta. El ilustrador Osmar Sombra percibe con claridad este aspecto y lo reproduce en la elección del fondo verde para un rostro del poeta muy bien retratado.
El viento es el vehículo transmisor como si eso no hiciera sino retratar el modo en que se produce la germinación vegetal por vía eólica: “y el viento semental de las estepas alza su desafío.” La memoria de todos los ademanes de sol del pasado, de todas las voces que se alzaron en nombre de la Justicia y la Esperanza montan el viento (o el tiempo) para germinar una vez más.
“Un hombre escribe versos y no sabe/ si acaso de esos versos  ̶  por azar, por fortuna ̶ / brotará alguna vez la redentora luz de la poesía, / la bienaventuranza de su polen-en-viaje.

Columnita de mitos. Circe


En La Odisea, Homero recoge episodios y personajes que ya habían registrado y difundido los mitos por vía oral. Una de ellos es la figura de Circe.  En efecto, en el Canto X de la epopeya, se presenta a la hechicera como oponente y luego ayudante de Ulises en tránsito hacia su Reino (Ítaca).
Circe es una maga, cuya particularidad no es la posesión de la magia (que otros tantos héroes y dioses poseen) sino el modo extraño de utilizarla. Cierta perversión hace que Circe aplique los hechizos sobre sus víctimas, con verdadera cobardía. Basta que Ulises desenvaine la espada y la amenace de muerte para que ella, que es inmortal y no tiene por qué temerle, retroceda y acepte la potestad del hombre.
Si Odiseo lo sabe al momento de verla es porque Hermes, mensajero de los dioses, lo intercepta en el camino hacia el palacio y le revela en qué consisten los engaños de Circe, cómo repeler los efectos de sus brebajes con una hierba que crece en la región, y qué acciones debe realizar para asegurarse de que libere a sus tripulantes.
La diosa dedica sus horas muertas a dar hospitalidad a los viajeros y aprovecha la oportunidad para divertirse un poco con sus artes mágicas.
Julio Cortázar rescata este aspecto apenas deslizado en La Odisea, y escribe un cuento llamado “Circe” que se inspira en ella. Como en Los Reyes, el autor de Rayuela invierte el mito y observa las motivaciones de la agresora para convertir en cerdos a los tripulantes de Ulises. El resultado es, además de original, revelador del psiquismo de un personaje antiguo, como la misma narrativa.
El palacio de Circe está rodeado por una serie de criaturas salvajes extrañas que, en cambio de atacar a los viajeros según su naturaleza predadora, se les aproximan para elogiarlos. Al héroe esto le resulta llamativo, hasta que comprende que no son fieras las que se cruza. Son hombres reducidos a la condición animal por medio de la magia de la hechicera.
Cada víctima sufre mediante la bebida una transformación que no hace sino desnudar su verdadera condición. Si se es un guerrero noble y valiente, el encantamiento provocará la conversión en tigre, en león o en cualquier gran felino. Pero si lo que constituye el espíritu de la víctima es la codicia, el puro afán de saqueo en ocasión de guerra, entonces será convertida en cerdo.
En rigor, en esa magia hay algo de verdad que se revela. Para los códigos del texto homérico, quien vive sólo para la supervivencia merece estar confinado a su naturaleza animal. Hay, detrás de la maldad de la diosa, un elemento de justicia moral. De revelación y de juicio.
Los héroes también se degradan a la animalidad pero en un grado de mayor dignidad. No obstante, unos y otros conservan en la memoria el hecho de que han sido hombres, lo que les impide toda felicidad por más que no les falte aquello por lo cual se desvivían antes. Ahora, perdida la libertad para ejercer el raciocinio, sienten que han malogrado sus vidas humanas, dedicándolas a lo único que todavía tienen y no acierta en hacerlos felices.
Detrás de este episodio que se cuenta resaltando los grados del ser al estilo aristotélico, hay una enseñanza más sutil. Quien se sabe hombre no puede estar satisfecho cuando la vida lo convierte en “cerdo”, una metáfora de quien se mueve sólo para los bienes perecederos. Y aun cuando se vive con parámetros asociados a virtudes menos transitorias como el honor y la fama (héroes felinos), la dignidad humana implica incluso aspiraciones más altas.

domingo, 17 de noviembre de 2019

El circuito de la poesía.


El circuito de la poesía
En el ámbito de La Pampa se produce mucha más poesía que narrativa o dramaturgia. ¿El motivo? Lo desconocemos. Quizá el paisaje y esa sensación de soledad e intemperie que constituyó nuestra primera identidad hayan suscitado más este lenguaje que otro. Tal vez la estridencia de la Naturaleza en su llana resignación haya ganado la partida, a diferencia de los afanes de las grandes urbes que se piensan a espaldas del paisaje.
Lo cierto es que los códigos líricos son diferentes. Al teatro le interesa cumplir una función apelativa, que llame al espectador a dejarse transformar por medio de la catarsis. A la narrativa, contar hechos, reales o no, o crear un mundo total y  paralelo al de la realidad. Pero la poesía es otra cosa… No se trata de contar, ni de provocar catarsis. Es la función emotiva la que prevalece. Y el oído resulta el más herido de los sentidos.
Un ritmo, un uso cadencioso de la palabra acerca la lírica a la música. Es que ambas están emparentadas indisolublemente. Por ello llamamos “lirics” a las letras de las canciones.  El origen de la poesía fue un recitado en compañía de la música de la lira. De allí, la denominación.
Las letras de las canciones son poesía.
Aunque no compremos libros de este género, lo consumimos sin saberlo, permanentemente.
En las prioridades de la poiesis poética, que suene bello está incluso por encima de que el texto sea claro, lógico o comprensible. No obstante, opera sobre una imaginación especialmente plástica.
Es una evidencia la belleza sonora que busca el poema. La percibimos de inmediato. Pero, si la palabra está formada por un sonido asociado a un sentido, la belleza en el sentido depende de las imágenes desplegadas en la imaginación del lector a partir de la lectura  o la escucha del poema.
Al reflexionar sobre los mecanismos de la poesía, podríamos ilustrar sus momentos como si se tratara de un circuito de causas y efectos. ¿En qué consiste? En principio, ocurre un proceso de metaforización del autor, el poeta toma una imagen para retratar su mundo interior. Esa imagen queda cristalizada en el poema independientemente de la circunstancia que llevó al autor a sentir aquello que la imagen retrata.  Es cuando emerge el símbolo. Cuando el lector recibe ese “símbolo” despojado de experiencias toma la imagen y tiende a re-metaforizarla con su propia experiencia.
Pongamos un ejemplo: Supongamos que el poeta recuerda un verano de su infancia en que observaba una sudestada por la ventana de algún edificio costero. Al regresar de vacaciones, su familia se derrumbaría por la muerte inesperada de uno de sus miembros. Décadas después escribe un poema en el que habla de un mar embravecido, que para él representa una especie de presagio de pérdida irremediable.
La poesía no se explica. Esa situación subjetiva que dio lugar al poema no se revelará. Aunque sí estará intacta la descripción de un mar tormentoso. Al arribar a las manos de un lector, la imagen de las olas furibundas llegará como un símbolo que pronto la sensibilidad del receptor convertirá en aquello que, desde su experiencia, puede identificarse con el mar embravecido. Una discusión enardecida con su pareja, una enfermedad que lo acecha, o lo que fuera...  
Cuando el lector lea por primera vez el poema se maravillará frente a la pericia del poeta para leer y describir su estado interior. Se preguntará qué inspiración pudo soplarle al oído exactamente lo que siente uno de sus lectores (él mismo). “Parece haber sido escrito para mí”, se dice. Y esta admiración se debe a la ambigüedad del símbolo y la naturaleza abierta de la poesía. El lector vuelve a metaforizar la imagen y la carga de su propia experiencia. Es el momento en que se cumple la función emotiva que mueve del mismo modo al lector cuanto movió al poeta al ser escrita. Ese encuentro de dos espíritus es el milagro de la poesía.
En la medida en que el poeta tiene genio,  mayor grado de re-metaforización suscitará en los demás su creación. Cuando el artista es infecundo o excesivamente prosaico produce esas frases unívocas y, por tanto, muy poco poéticas. Los “pingüinos en la cama” para hablar del enfriamiento de una pareja, los juegos absurdos de poner en alquiler “el cuarto creciente de la luna” o “tu reputación son las primeras seis letras de esa palabra”, insuperable en su mal gusto.  Esas fórmulas están tan lejos de la poesía como de la física cuántica. Si la musa tiene piel de naranja o un humor hormonal irritable es riesgoso poetizarlo. Habrá que lograr enormes habilidades para convertirlo en algo bello de ser imaginado..
“No consigo respirar/ Hago apnea desde el día en que no estás/Caigo hasta el fondo del mar, arañando la burbuja en que no estás…”
Estos versos que pertenecen a Ricardo Arjona, alguien que vive de su poesía y de su música, no parecen convocar ni la belleza del objeto descrito, ni la locuacidad del poeta. En las antípodas de eso,  dice Borges:
“¿Quién es el mar? ¿Quién es aquel violento/y antiguo ser que roe los pilares /de la tierra y es uno y muchos mares /y abismo y resplandor y azar y viento?”
Vaya aquí un homenaje a los poetas que nos arrancan la emoción estética porque han sabido donar sus imágenes para que los lectores escriban, en idénticas palabras, su propia historia.

Publicado el 17 de noviembre de 2019 en "Viejo Mar" Revista cultural de La Reforma

Columna de mitos. Antígona


Hija de Edipo y de Yocasta, Antígona era ejemplo de rectitud. Cuando su padre partió al destierro a purgar las faltas que lo habían llevado a matar a Layo, y casarse con su madre, Antígona lo acompañó.
Mientras tanto, Creonte, tío de Edipo siguió gobernando Tebas. Pero los dos hijos varones del exiliado, Etéocles y Polinices, reclamaron el trono. Juntos vencieron a Creonte y se hicieron del poder.
Poco después, Etéocles expulsó a Polinices para convertirse en único rey de Tebas. Tenía el apoyo de Creonte, que incluso dirigió a su ejército hasta Atenas para capturar a Antígona e Ismene. Después de la intervención de Teseo, Creonte cambió de opinión y las dos hermanas regresaron a Tebas voluntariamente.
En aquel momento, Polinices y sus seguidores habían iniciado una batalla contra su propia ciudad, muriendo poco después en un duelo con Etéocles, que también perdió la vida. Creonte recuperó el poder y enterró a Etéocles con honores de rey, olvidándose de Polinices, a quien dejó fuera de la ciudad, insepulto y expuesto a la voracidad de las aves rapiñeras. La humillación fue más allá, la decisión se tornó ley. Creonte prohibió los ritos funerarios para Polinices bajo pena de muerte a quien incumpliera. Pero Antígona desafió al rey y arrojó tres puñados de tierra sobre el cadáver. Creonte, enfurecido, la hizo arrestar.
Poco después, el profeta Tiresias le advirtió que debía enterrar a Polinices y liberar a Antígona. El rey, atemorizado por las palabras del oráculo, siguió su consejo. Al regresar los guardias a la cueva que hacía las veces de prisión, descubrieron que la heroína se había ahorcado. Este hecho provocó una cadena de desgracias para Creonte, comenzando por el suicidio de su mujer y generando también la muerte de su hijo Hemón que prometido en matrimonio a Antígona, había suplicado a su padre la liberación.
En el mito y en la tragedia de Sófocles Antígona da la vida por defender la dignidad de su hermano muerto. Pero el sacrificio implica mucho más que la lealtad familiar. Desempolva una polémica perenne en la historia del pensamiento: la visión inmanente contra la visión trascendente.
En efecto, mediante el conflicto de Polinices y sus ritos funerarios se reaviva la discusión. ¿Puede un soberano someter a un pueblo a la desobediencia de las leyes olímpicas? ¿Puede el poder humano aplicarse al reino de la muerte, que excede su soberanía? ¿No hay designios mayores que operan muy por encima de reyes y ejércitos?
Las leyes humanas encarnadas por la figura de Creonte postulan una potestad aplicada a un ámbito que no le corresponde, que excede su jurisdicción.
La desobediencia a la ley de la ciudad que comete la heroína y le trae la muerte es un modo de convertirse en mártir.
El puñado de tierra que arroja sobre el cuerpo de su hermano es la apología misma de la causa de los dioses. Antígona lucha en esa acción contra los excesos del poder de turno, que, imberbe, se siente incluso en el derecho de vulnerar el carácter sacro con que los antiguos concebían el más allá.
Así se erige ella, en el final de su existencia, en la rectitud ya no moral, sino sagrada.  En símbolo de la sensatez de quienes respetan la naturaleza del hombre como humilde criatura. Como simiente gestada por fuerzas superiores de las que procede y a las que volverá. De ese hecho depende para Antígona la dignidad humana.  
Y su tragedia desnuda la nimiedad de los vaivenes políticos que nunca debieran osar someter la naturaleza a su insignificante y efímero yugo.